Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

Todos tenemos que ver con su muerte.

COMALLI

Hablar de la muerte es difícil, tan lo es que nos "burlamos" de ella. Una parte de lo que somos y nos identifica frente al mundo, me refiero a los mexicanos, son las calaveras. Al "reírnos", descubrimos todos nuestros miedos y todo el sufrimiento. El maestro Pedro Escobar Illanes, S.J. (PE), dice en su Cristología: «Un corazón humano es también sufrimiento, de la cuna a la tumba. Es sufrimiento ordinario, cotidiano, obvio, callado…Y esto, sobre todo, es la existencia de Jesús» En el mundo histórico, en el que todo se vale pero nada vale, acabamos de rematar las ilusiones de Jesús. «Hay algo en el corazón de nosotros los hombres, los malvados, que se asemeja a una bola de fuego y de hielo que nada ni nadie puede derretir» (PE). Todos tenemos que ver con su muerte, pero sobre todo, de su desilusión y frustración por sentir que seguimos siendo irredentos. El sufrimiento de Él llega a su límite en la cruz, sabe que no tiene remedio, que no hay vuelta atrás. Si reímos es porque no somos capaces de reconocer que el pecado más grande es haberlo traicionado, rechazando cruelmente el amor de Dios. De pronto, todos los que rodeaban la cruz o tenían algo que ver con la muerte de Cristo se dan cuenta: "Se ha ido" y "se extrañan". "Dios ha muerto en la cruz". "El Amor está muerto, el Dios que es Amor". "Todo lo que fue, fue un sueño que nadie había soñado. El presente es puro pasado. El futuro no es nada. La manecilla indicadora ha desaparecido entre las cifras. No hay ya pugna entre el amor y el odio, entre la vida y la muerte"» (PE). Al final, el mundo se queda azorado de su propia condición, sin Amor y con una concentración endemoniada del dinero, "que la vida se trona en tortura infinita, en el verdadero infierno" (PE). Desde entonces y más atrás, la humanidad ha pecado contra el Espíritu Santo. El Cristo de los humildes, los despreciados, se convirtió en un peligro para ricos y poderosos, como una enfermedad contagiosa y mortal, tal cual las enfermedades de "la modernidad". Aun así, en la resurrección, Cristo vuelve a aparecer como ese misterio de Amor absoluto que unirá a toda la humanidad.