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Trata y prostitución

Escribo las siguientes notas con no pocas dudas.

La trata de personas es un delito infame. La nueva esclavitud. Personas privadas de su libertad, de sus derechos, sojuzgadas, maltratadas, oprimidas, convertidas en algo menos que vasallos humanos. Hay trata laboral y trata sexual. Ahora solo toco esta última. Un sometimiento que convierte en simple mercancía, sobre todo, a millones de mujeres en todo el mundo. El combate a la misma debe ser frontal porque es un delito. No se debe contemporizar con él.

La prostitución es otra cosa, aunque como bien dice la fiscal antitrata del DF, en ocasiones la línea que las separa puede ser muy delgada. Pero precisamente porque esa línea existe, vale la pena diferenciarlas. La prostitución, o el intercambio de servicios sexuales por dinero o alguna otra recompensa, es en principio un pacto sin coacción, sin violencia, sin coartar la libertad de nadie.

No soy de los que hacen la apología de la prostitución, ni siquiera me atrevo a equipararla con otras actividades laborales. No. La prostitución degrada, humilla, también convierte a los hombres y mujeres que la ejercen en mercancías poco apreciadas. He escuchado a fanáticos del mercado apuntando, con naturalidad, que es otra actividad comercial, similar a cualquier otra. Total: alguien vende y otro compra. Así, convirtiendo en un nuevo Dios al mercado, nada tendría de malo que alguno venda su pluma al mejor postor (ambos ganan), ni que hubiese un libre tráfico de órganos humanos (el que vende su riñón recibe su recompensa y por supuesto el que lo absorbe tendrá que pagar). Nada los perturba. Pero reducir la existencia y las relaciones humanas a un mercado hiere a la existencia misma. Creo que los ejemplos ayudan a comprender por qué la convivencia social es y debe ser algo más que un montaje donde todo se comercializa.

La larga introducción viene a cuento porque hay una decisión en el gobierno del DF de combatir a la trata sexual de personas. Sin vacilación, digna de aplaudirse. No obstante, existen dudas de si no se está transgrediendo esa línea que separa a la trata de la prostitución. Hace dos o tres meses, por ejemplo, leí en Reforma una nota que más o menos decía lo siguiente: en su "cabeza" hablaba de un golpe a una red de trata y la nota narraba que a las mujeres que trabajaban en un determinado lugar no se les permitía la entrada si llegaban con retraso en tres ocasiones. Me pareció -disculpen- que era un antro de prostitución y no de trata, porque esta última implica forzar a alguien a hacer lo que no quiere hacer, y si ese alguien tiene la posibilidad de simplemente ausentarse entonces estamos ante un fenómeno de prostitución simple y llano. También han aparecido notas y fotografías de "presuntas bailarinas y trabajadores de table dance afuera de la Procuraduría del DF" demandando respeto a su labor. Pueden, por supuesto, estar siendo manipulados por sus explotadores, pero pueden también estar reivindicando sus derechos.

En México la prostitución no es un delito. En otros países sí. Pero en ningún lado se le ha podido erradicar. Insisto: me parece una actividad lamentable -no se la deseo a nadie-, pero creo que resulta contraproducente -en este terreno- confundir nuestros deseos con la posibilidad de que se hagan realidad. Hace unos meses, observamos una ola de opinión desatada por la televisión en contra de los anuncios de servicios sexuales en los periódicos y revistas, al grado de que los mismos desaparecieron de esos medios. El alegato fue que los anuncios eran parte o fomentaban la trata de personas con fines sexuales. ¿Alguien se ha preguntado en serio si esas ofertas eran parte del ejercicio de la prostitución, llamémosla libre, o si realmente eran la entrada a redes de trata de personas? La verdad es que no lo sabemos.

Puede existir una línea de continuidad entre prostitución y trata, pero puede ser exactamente lo contrario. Que una prostitución regulada, libre, sin coacción, genere mejores condiciones para las prestadoras o prestadores de ese servicio y sus usuarios, y que por ello precisamente la trata vaya siendo acorralada hasta lograr su desaparición. Porque si acabamos confundiendo a ambas, convirtiéndolas en una misma cosa, sin la paciencia para diferenciarlas, a lo mejor estaremos conduciendo el ejercicio de la prostitución hacia niveles cada vez más sórdidos, escondidos, escabrosos y por ello mismo más cercanos a la trata. Recordemos que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.

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