Opinión

Tres transformaciones bañadas en sangre

Por: Jorge Fernández Menéndez

Andrés Manuel López Obrador ha colocado la idea de la Cuarta Transformación en el centro de la política nacional, la ha presentado como una nueva etapa en la vida del país, antecedida por la Independencia, la Reforma y la Revolución. Incluso quienes creen firmemente que estamos ante un profundo cambio de régimen, tendrá que reconocer que estamos muy lejos, a partir de un triunfo electoral, de aquellos hitos históricos. Y ojalá estemos aún más lejos de la violencia y destrucción que fueron de la mano con ellos. 

Nos han educado en una historia de héroes y villanos, de blancos y negros que poco se ajusta a la realidad. E incluso en esos momentos históricos, en cada una de esas tres transformaciones, se olvida la violencia, la muerte, el fanatismo, las desgarradoras luchas internas que fueron parte sustancial de esos movimientos, más allá de los ideales que los impulsaron en su momento.
La Independencia fue un movimiento que en realidad comenzó defendiendo el derecho de Fernando VII a ser restablecido en la corona de España, de donde había sido arrojado por las tropas de Napoleón Bonaparte. Miguel Hidalgo, como escribió ayer Héctor Aguilar Camín “es en nuestra cabeza un anciano venerable, Padre de la Patria. Durante muchos años, después de su muerte, fue solo un cura loco, excomulgado por sus crímenes, jefe ciego de unas turbas que destruyeron lo que encontraron a su paso durante unos meses de orgía plebeya a la que Hidalgo se unió, olvidado de sí mismo, para destruir el Bajío, la región más rica de la Nueva España”. Para tener un retrato real de ese Hidalgo hay que leer el nuevo libro de Isabel Revueltas.

Claro que en su llamado a la rebelión hay mucho de heroico y de una genuina ansia libertaria. Pero no nos equivoquemos, el hecho es que la rebelión independentista fue jalonada por una larga serie de masacres brutales cometidas por el grueso de las tropas de Hidalgo, tropas que éste nunca pudo ni quiso controlar (ese fue uno de sus puntos de ruptura con Ignacio Allende) y que generaron los saqueos, uno tras otro, de todas las ciudades del Bajío. 

La incapacidad para controlar a los suyos y las malas decisiones políticas fueron las que acabaron con Hidalgo derrotado y fusilado en Chihuahua, apenas un año después del levantamiento del 16 de septiembre. Se logró la independencia diez años más tarde, pero cuando los criollos, conservadores, monárquicos y afectados por la instauración de la constitución de Cádiz, encabezados por Agustín de Iturbide, se unieron a los grupos independentistas de Vicente Guerrero, años después sacrificado por sus aliados.

La Reforma fue la segunda transformación, en la que se impone finalmente el proyecto liberal sobre el conservador, donde se separa la Iglesia del Estado y se expropian sus bienes para beneficio de la nación. Pero fue también un movimiento marcado por la guerra civil, con sus secuelas de muerte y violencia. Incluso colocando la soberanía en entredicho: los conservadores aprobaron el tratado Mon-Almonte, que en los hechos reconocía la soberanía española, y los liberales el tratado McLean-Ocampo, que otorgaba, entre otras cosas, partes de territorio a Estados Unidos y permiso para mover sus tropas dentro del país. 

Concluida las guerras de Reforma, sobrevino la crisis financiera del gobierno de Juárez y la intervención francesa con otra guerra de cinco años. Y después del triunfo liberal, siguieron los enfrentamientos, pero ahora entre los mismos liberales, porque Juárez también se quiso eternizar en el poder. Se lo llevó la muerte cuando ya su paisano y jefe militar, Porfirio Díaz, se levantaba en armas en su contra.

Porfirio también se quiso hacer eterno y llegó la que llamaríamos ahora la tercera Transformación: la revolución. Francisco I. Madero, en el primer levantamiento realmente civil de México, logró hacerse del poder después de la caída de Díaz. En 1911 en la primera elección democrática en la historia del país, Madero fue proclamado presidente, pero nunca pudo tener control sobre las fuerzas que lo llevaron al poder. Emiliano Zapata y Pascal Orozco se levantaron en armas contra Madero, atosigado por la oposición desde todos los frentes. 

En 1913, Victoriano Huerta derrocó y asesinó a Madero, a su hermano Gustavo y al vicepresidente Pino Suárez.  Asumió Huerta y contra él se levantaron Venustiano Carranza y Pancho Villa. Tras poco más de un año de lucha, y después de la ocupación estadounidense de Veracruz, Huerta renunció y huyó del país. Pero entonces se desató la guerra entre las fracciones revolucionarias.

En el reacomodo de fuerzas fueron asesinados, por sus rivales revolucionarios, los principales jefes de la revolución: Zapata en 1919, Carranza en 1920, Villa en 1923, y Obregón en 1928. La cifra de muertos se contó en millones, sumados los de un conflicto, también parcialmente oculto, pero cuyas consecuencias se arrastran hasta el día de hoy: la guerra cristera.

Las tres transformaciones anteriores fueron grandes gestas, pero también enormes tragedias, que desgarraron, empobrecieron y destruyeron al país, porque se canalizaron siempre a través de la guerra y la violencia entre mexicanos. Cuando se habla de una cuarta transformación se debe recordar y aprender de la historia.