Opinión

Túnel sin final

Por  Ivette Vazquez

La luz al final del camino es algo que, en materia de inseguridad, todavía no vemos. La situación en Sinaloa es muy preocupante, no solamente en los delitos de alto impacto que han sido un fenómeno hasta endémico en Sinaloa, sino de la violencia común, como el robo de vehículo, asalto a transeúnte o casa habitación, incluso a comercio o el famoso huachicoleo.

Sumamente alarmante es también la aparente calma con la que, sin que se generen mayores aspavientos, se encuentran fosas clandestinas con decenas de cadáveres en todas las zonas del estado. Es preocupante que como sociedad nos dejemos de alarmar por estos hechos, que en cualquier sociedad serían perturbadores.

Por desgracia, las llamadas narcofosas son un problema de todo el país, pero en Sinaloa pareciera que un foco rojo para este fenómeno es el puerto de Mazatlán, la llamada “joya de la corona turística” del estado, que apuesta a competir por el gran turismo, pero no logra garantizar, pese a tragos amargos del pasado, la seguridad. El discurso oficial es que nada le ha pasado a un turista, pero si las cosas se siguen dejando como ahora, que parece no haber una fuerza que contenga el fenómeno, podría ser una cuestión de tiempo.

Además, turistas o no, todos como seres humanos tenemos derecho a la seguridad, y el Estado no debe hacer distinción, su obligación es salvaguardar la integridad de la sociedad en general. El problema de las fosas clandestinas, que, como dijimos, están por todo el estado, requiere de ser atendido por unidades especiales, bien financiadas para la búsqueda, exhumación e identificación de los cuerpos. No es posible que aparte de no prevenir la violencia, las autoridades tampoco asuman al cien por ciento su obligación por investigar.