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Turbulencia emergente

¿QUÉ MÁS?

Lo sensato es no poner a la economía en una posición vulnerable mediante un crecimiento desmesurado del crédito y déficit públicos que no se puedan revertir.

Hay razones para un menor pesimismo, o mayor optimismo, sobre la economía mundial en 2014. En especial, por la recuperación sincronizada de las principales economías desarrolladas: ante todo la de Estados Unidos, pero también se dará crecimiento en Japón y con retoños de recuperación en Europa, sobre todo mediterránea.

México también debe crecer más al haber cambiado los frenos procíclicos que explicaban el magro crecimiento de 2013 por aceleradores en las mismas variables. Hubiera sido mejor entonces una política contracíclica de gasto federal, gasto estatal, construcción y crédito ante la caída en las importaciones de Estados Unidos desde finales de 2012 y todo el primer semestre de 2013. En 2014 se tendrá un mayor gasto público, una recuperación desde el sótano en la construcción y una tasa más alta de crecimiento en el crédito, que coincide con una mayor demanda de exportaciones, factores que deben compensar el efecto de la reforma fiscal.

Estas mejores perspectivas pueden llevar a la economía a una expansión superior a 4%, pero no deben ser interpretadas como pretexto para no seguir fortaleciendo los cimientos de la economía. México lleva 20 años invirtiendo para que la estabilidad (apertura comercial, autonomía del Banco de México, finanzas públicas sanas) se convierta en su principal ventaja comparativa. Se han hecho grandes avances, pero falta todavía mucho por hacer para que se pueda posicionar a México como un país estable, lo que hoy podría parecer contradictorio.

Las reformas de 2013 dan un paso importante para la modernización de la economía, pero ahora deben ser implementadas de tal manera que se incremente la competitividad y se dé certeza jurídica a las operaciones en el país. No hay tema pendiente más urgente que sentar las bases institucionales para conseguir el imperio de la ley. De hecho, el éxito de las reformas depende fundamentalmente de que se avance en el establecimiento del estado de derecho. El incremento en la productividad, y su democratización, y el crecimiento sostenido del PIB sólo se lograrán cuando se respete el derecho ajeno.

Además de los temas internos de inseguridad e insuficiente Estado de Derecho, la economía mexicana enfrenta tres riesgos externos relacionados entre ellos:

El primero de ellos, el pobre crecimiento en Estados Unidos, se ha disipado en el corto plazo, pero lo correcto es seguir suponiendo que la economía del principal socio comercial no va a tener un comportamiento muy dinámico en los próximos años, por lo que es necesario incrementar la participación de mercado de México en esa economía.

El segundo deriva del inevitable fin del programa de relajamiento monetario de la Reserva Federal de Estados Unidos. El fortalecimiento de esa economía y las distorsiones en mercados financieros y de deuda pública aseguran la terminación del relajamiento. En la medida en que su fin esté ligado a un mayor dinamismo económico, las noticias son buenas para México, ya que permite preverse una recuperación creciente de las exportaciones. En los últimos meses ya se observa una más alta tasa de exportaciones de manufactura a América del Norte, aunque las exportaciones totales hayan crecido poco debido al menor volumen de petróleo y la debilidad en otros mercados, como Europa y Brasil.

El principio del fin del relajamiento monetario de la Reserva Federal, que no tiene precedentes en la historia, implicará costos de ajuste para las economías en el mundo, en particular para las emergentes. Los mercados ya están poniendo precio, antes de que suceda, al regreso a la normalidad monetaria que implica un incremento en las tasas de interés; primero para vencimientos de más largo plazo, pero eventualmente en las de corto también.

Al principio los mercados pueden no discriminar a los países emergentes y sujetar a todos a presiones de tipo de cambio, pero la clave reside en la diferenciación que llegue a hacerse. No todos los mercados son iguales, ni tienen los mismos cimientos, ni están expuestos al mismo nivel de vulnerabilidad.

Para nadie debe ser sorpresa que Argentina y Venezuela enfrenten una complicada situación, a pesar de no estar sobreexpuestas a inversiones especulativas de alto nivel, ya que no son sujetas de crédito en los mercados internacionales. Los problemas ambas poco tienen que ver con el principio del fin del relajamiento monetario y mucho con las políticas insostenibles adoptadas en un ambiente de alta liquidez y precios de materias primas al alza.

Turquía enfrenta una situación similar: en 2013 tuvo un marcado déficit de cuenta corriente de 7.5% del PIB que ahora debe reducir por medio de un costoso ajuste. Brasil tiene una situación compleja, pero con margen de maniobra. Su principal problema es no haber hecho las reformas estructurales en épocas de vacas gordas y haber basado su crecimiento en la expectativa de precios altos de materias primas y una rápida expansión del crédito. Colombia y Chile, por su parte, ajustarán su déficit de cuenta corriente gracias a la devaluación de sus monedas, pero no enfrentan serios problemas de finanzas públicas.

México tiene mejores cimientos por el esfuerzo llevado a cabo en los últimos años para sanear las finanzas públicas y no tener un problema de endeudamiento o de rápida expansión del crédito. Lo sensato ahora es no caer en la tentación de poner a la economía en una posición vulnerable mediante un crecimiento desmesurado del crédito y déficit públicos que no se puedan revertir.

El tercer riesgo externo consiste en la posible reducción del precio del petróleo en una ambiente de menor liquidez, menor crecimiento de China, mayor producción en América del Norte y menores tensiones en Oriente Medio.

La posible reducción del precio internacional del petróleo debe servir como recordatorio de que, con el barril de petróleo cercano a cien dólares, las finanzas públicas debieran resultar en un superávit, no un déficit.

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