Opinión

Un balazo en el pie

Toman decisiones que les resultan politicamente contraproducentes, pues su proceder va en contra de la opinión de las mayorías.

Por  Aarón Sánchez

Hay gobernantes que, voluntaria o involutariamente, se dan un balazo en el pie. Actuan sin lógica, en contra de sí mismos y de su propio interés politico. Toman decisiones que les resultan politicamente contraproducentes, pues su proceder va en contra de la opinión de las mayorías. Y éstas responden con su rechazo.

Hace varios años, Barbara W. Tuchman publicó el libro La marcha de la locura. Ahí expone acontecimientos históricos que demuestran cómo los personajes del poder con frecuencia toman decisiones cercanas a la insensatez política. Se alejan del interés popular y con ello cavan su propia tumba como gobernantes. 

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En la actualidad existen casos ejemplares de este absurdo proceder. El presidente español, Mariano Rajoy, toma la decisión de enviar la polícía para agredir a los electores durante el referendum Catalán. Las consecuencias fueron desastrozas. Se debilitó políticamente y fue obligado a dejar el cargo.

Donald Trump es otro caso. Su decisión de establecer aranceles desató una verdadera guerra comercial en su contra. Se dio un balazo en el pie. La economía de Estados Unidos ya lo está resintiendo. Además, su política migratoria ya le está causando multiples conflictos internos. Difícilmente logrará la reelección presidencial. 

Un caso más es lo ocurrido en el PRI. Al buscar explicaciones de su derrota electoral, el lider priísta en el Senado, Gamboa Patrón, afirmó “nos metimos un balazo en el pie con el cambio en los estatutos”. A partir de ahí, el candidato, el equipo de campaña y la estrategia política, marcaron una clara ruta hacia el fracaso en las urnas. Los errores tienen consecuencias.

Guardando las proporciones, en el ámbito local también se toman decisiones contrarias al propio interés político. Una fue la incorporación a cargos de gobierno de aquellos que perdieron en las elecciones. Los ciudadanos que fueron a votar no los aceptaron, sin embargo por decisión política ya son funcionarios públicos.

Las consecuencias no se hicieron esperar. Por una parte, el gobernante se debilita porque suma a su equipo a los derrotados, cuando la lógica política era tender puentes de coordinacion hacia quien ganó. Por otra parte, hubo una reacción social negativa hacia el gobierno, pues quienes fueron desplazados de sus cargos son reconocidos por su profesionalismo y eficiencia. 

Por ello de inmediato surgieron inconformidades en contra de la decisión del gobernante. Se le reclama el rompimiento de compromisos y la prevalencia de criterios partidistas por encima de resultados de gobierno. Ante ello, la respuesta fue la peor de todas: ordenar la publicación de desplegados a favor de la decisión tomada. 

Otra hecho absurdo es el que protagonizó cierto político al aceptar un anticipado reconocimiento gremial, y hacerlo en el momento menos apropiado para autoalabanzas. Erosiona su propia legitimidad política. Antes de empezar, también se dio un balazo en el pie.

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