Opinión

Un estado, un cementerio

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Por: Jorge Lozano

Sinaloa completo está convertido en un enorme cementerio. Se necesita solo una jornada de esfuerzo para dar con calaveras, tumbas clandestinas o verdaderas fosas comunes que exhiben a un estado en guerra, un vacío de autoridad y una casi nula procuración de justicia. 

No hay mejor ejemplo de ello que la labor que realizan el movimiento de familiares de desaparecidos, denominadas buscadoras. Son maestros, abogados, comerciantes, madres de familia, principalmente, que han perdido a alguno de sus familiares. Integrados ya en varios grupos a lo largo de la entidad, son impulsados, primero, por la incapacidad de las autoridades de investigación para darles respuestas sobre el paradero de sus hijos, hermanos o cónyuges.

Armados con palas y varillas, recorren los campos periféricos de la ciudad, los caminos rurales, las veredas y las orillas de lagunas, ríos y arroyos en busca de sus familiares. Entierran las varillas en la tierra y huelen. Un hedor a putrefacción les indica la posibilidad de un cadáver, y luego viene el trabajo de cavar para asegurarse de ello. 

Parece una labor demasiado empírica, pero ha dado muchos resultados: han encontrado cientos de cuerpos enterrados clandestinamente por el crimen organizado.

Tan solo ayer, el grupo de Tesoros Perdidos dio con un cadáver enterrado en un patio del ejido El Venadillo.

En este trabajo, la Fiscalía General de Justicia se ha mantenido como mero espectador. Interviene solo cuando se reporta el descubrimiento de un cadáver, pero como institución tiene una cuenta pendiente con cada uno de los buscadores: no avanza ni da resultados en la investigación de las desapariciones de sus familiares. 

El de ayer es un caso más que se agrega a la larga lista de muertes, pero ¿cuántos más aún están bajo el suelo de Sinaloa?

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