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Opinión

Un joven clasemediero aspiracionista

COYUNTURA JOVEN

Por Esteban Quintero González

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La vida se presenta por etapas, conforme vamos creciendo vivimos situaciones parecidas a las que viven nuestros contemporáneos. En este momento de mi vida, gran parte de mis compañeros, incluida mi novia, se gradúan de la universidad, por lo que se enfrentan de lleno a la vida adulta. En ese sentido, platicando con amigos respecto a esta realidad, abordamos cada uno – grosso modo – nuestros planes de vida. Aun cuando cada uno tenemos objetivos distintos, llegamos a un punto en común: el futuro que nos espera no es, a nuestro personal punto de vista, uno alentador. Respecto a eso, en una introspección, pude rescatar algunos puntos importantes que me permitieron llegar a una conclusión no tan fatalista.

Me atrevo a decir que mi generación, mayores de 20 años y menores de 30, fuimos criados, en su mayoría, por unos padres que vivieron los años finales del desarrollo estabilizador, el cual se caracterizó por un crecimiento y fortalecimiento de la clase media. En este sentido, ya sea a través de nuestros padres o, en su caso, abuelos, se nos inculcó la idea de que a través del estudio y del esfuerzo se puede mejorar la calidad de vida. 

Sin lugar a dudas, uno de los responsables del –mucho o poco, eso será tema para un futuro análisis– crecimiento económico de México es esta cultura del esfuerzo. Sin embargo, pereciera que dadas las circunstancias que nos han tocado vivir y el futuro que se avecina, dicho esfuerzo no será suficiente para lograr la movilidad (social) que nuestros ancestros alcanzaron a vivir. Cabe aclarar un punto muy importante, en muchas ocasiones se malinterpreta esta noción y se desvirtúa –o se intenta– para argumentar que “el pobre es pobre porque quiere”, algo que resulta claramente erróneo toda vez que, para llegar a esa conclusión, no se toman en cuenta diversas causas coyunturales que imposibilitan la movilidad social de las clases más bajas de nuestro país. 

Por otro lado, somos una generación que a temprana edad vivió los efectos de la crisis económica mundial del 2008, como jóvenes adultos nos toca experimentar los estragos de la recesión provocada por la pandemia de covid-19; dados los puntos anteriores, aún con un kilometraje limitado en cuanto a vivencias, podemos afirmar nuestra experiencia frente a la incertidumbre de un ingreso, falta de oportunidades laborales y un escenario macroeconómico claramente inestable. 

Aun con estos antecedentes a cuestas, quienes hemos tenido la oportunidad de prepararnos profesionalmente –puedo confirmarlo desde la experiencia– lo hacemos en aras de un crecimiento no sólo personal, sino a la vez social. Debemos pagar a la sociedad el privilegio que nos ha tocado vivir. Muchos quizás lo harán a través del valor agregado generado por el empleo o profesión que desempeñen, otros contribuirán a partir de las fuentes de empleo generadas por sus emprendimientos, mientras algunos más aportarán mediante sus ideas.

Sí, es cierto, muchos no hemos perdido aún esa llama propia de la juventud y nos encontramos motivados para alcanzar cada uno de nuestros sueños; sin embargo, el panorama, como se menciona anteriormente, no se percibe nada alentador.  ¿Cómo puede salir una joven a la calle a estudiar y/o trabajar en uno de los países con más feminicidios del mundo?, ¿cómo puede publicar un joven periodista su trabajo en el territorio más mortífero para la prensa?, ¿cómo puede materializar su idea un emprendedor en un país donde en lugar de fomentarse el emprendedurismo, se le reprime?.

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