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Un líder en decadencia

PORTARRETRATO

José Manuel Mireles, el atrabancado líder de grupos paramilitares en Michoacán que primero se rebeló contra Los Caballeros Templarios y luego contra el gobierno federal cuando lo llamó a deponer las armas, fue capturado sin un solo disparo en uno de los momentos paradójicos de su vida: comiendo prácticamente solo, en "El Pollo Feliz", un restaurante en la comunidad de La Mira a donde en la víspera, había llegado con decenas de hombres armados con fusiles de asalto para liberarla.

Su captura fue rápida y ha generado sospecha sobre las intenciones de Mireles. Hombre culto e inteligente, debía haber sabido que esa acción iba a tener una reacción de mayor fuerza. Escogió una zona donde hay una base del Ejército, y en el cercano puerto de Lázaro Cárdenas, se encuentra una de más grandes concentraciones de marinos. Era imposible, por la forma como son los vasos comunicantes en Michoacán, que no supiera de la enorme movilización militar y policial en Lázaro Cárdenas, desde donde se lanzó una operación de captura con una fuerza de más de cinco federales por cada autodefensa. Por tanto, su incursión parecía más como un acto de provocación sin tener como desenlace el enfrentamiento.

Después de estar militarmente inactivo, Mireles volvió a movilizarse a días de haber asumido el nuevo gobierno en Michoacán encabezado por Salvador Jara, y el mismo día en que nombró a su gabinete. ¿Buscó probar la fuerza del nuevo gobierno? ¿Quiso ver su capacidad de reacción? ¿Pensó que en el momento de ajustes políticos se abría la posibilidad de reposicionarse como líder militar?

Los analistas en Michoacán afirman que de todo un poco, pero dentro del gobierno federal existen dudas sobre las verdaderas motivaciones de Mireles, que se convirtió hace más de un año en el vocero de los grupos de autodefensas, una legión de paramilitares que hizo el trabajo sucio al gobierno federal contra Los Caballeros Templarios en Tierra Caliente, y que una vez que se acabó ese periodo, se negó a reincorporarse a la vida institucional.

Mireles, que tiene formación militar y estuvo en el Ejército Mexicano –es médico militar–, tuvo una carrera meteórica a la fama. Se opuso a la desmovilización de los autodefensas en mayo y a su reincorporación a la vida institucional bajo la forma de policías rurales. Pero dentro de la estrategia del comisionado federal en Michoacán, Alfredo Castillo, se le permitió a él, como a otros renegados de la vida institucional, mantenerse armados, dentro de su organización ilegal de autodefensas, pero acotados a sus municipios. Esta realidad en Michoacán invalida la afirmación del comisionado Castillo este sábado que Mireles buscaba crear un nuevo grupo de autodefensas, porque nunca dejó de tener uno.

A Mireles no lo detuvieron porque tuviera armas de uso exclusivo del Ejército, que pese a no haberse integrado a la policía rural, se las habían tolerado. Tampoco por formar un grupo de autodefensa, pues inclusive durante un evento en la ciudad de México, anunció que iría a otros estados, como Tamaulipas, a crear nuevas unidades de paramilitares. Lo capturaron porque se salió de la zona de tolerancia que informalmente le había otorgado el gobierno. Pero esa zona de tolerancia no significaba, como en el pasado, que recibiera los privilegios que tuvo durante su momento de fama como vocero de las autodefensas.

Mireles tenía todo en esos tiempos. Los micrófonos de la prensa nacional e internacional, cientos de personas que lo aclamaban a cuanta comunidad entrara en Tierra Caliente, acceso a armas, poder para distribuirlas, escoltas y vehículos. Pero además, tenía el control de una parte del negocio que le habían quitado a Los Caballeros Templarios.

El fenómeno de las autodefensas rebasó por mucho el tema de la seguridad. Cada vez que expulsaban a los templarios, se trasladaba un porcentaje del dinero que pagaban los gobiernos municipales y las empresas al cártel michoacano, a los autodefensas. "No era todo", dice un funcionario federal. "Bajó la escala de la extorsión en aproximadamente 80%". Pero recibían, no obstante, dinero que no habían tenido antes. En ese mismo proceso, fueron recuperando los autodefensas casas y ranchos, que en su mayoría devolvieron a sus dueños, pero se quedaron con algunas, en actos de expropiación ilegal.

La mutación de autodefensas a policías rurales cortó a sus viejos líderes ese sistema de generación de riqueza que por la vía de las armas habían conseguido. Inclusive, en una entrevista con la televisión francesa cuando estaba en lo más alto de su poder, Mireles les dijo cándidamente que uno de los objetivos era quitarle a los templarios el negocio de las minas y los minerales, y reveló que ya habían establecido la relación con los chinos, que era con quien trataban Los Caballeros Templarios.

Pensaba Mireles que las autodefensas aniquilarían a los templarios y que se quedarían con el territorio y el negocio, por lo que llevaron a Michoacán al borde de una guerra civil en enero, de acuerdo con altos funcionarios federales, que fue lo que motivó la llegada de un comisionado federal. Los paramilitares iban encaminados a un largo conflicto armado, pero se impidió con la llegaba del gobierno federal, que también rompió con sus sueños.

Al entrar en funciones la policía rural, quienes no ingresaron al nuevo ordenamiento social, quedaron marginados. Mireles, amante de los reflectores, fue uno de ellos. Él había dicho que su motivación inicial para fundar las autodefensas era para proteger a su familia del abuso de los templarios, pero cuando esta razón de ser se cumplió, ya se había transformado por el poder que lo desubicó. Abandonó a la familia que juraba proteger, y se enamoró de una joven cuando tenía 17 años, con quien vivió. Tuvo dinero para sus escoltas y aviones privados, y alimentó su vanidad con los vítores de la prensa y los michoacanos.

Mireles se fue aislando porque también dejó de ser un interlocutor válido. Hasta antes de su accidente en una avioneta en enero de este año que estuvo a punto de costarle la vida por los golpes sufridos en su cabeza, era un interlocutor confiable, por la certidumbre que generaba, para las autoridades. Después del accidente no pudieron volver a confiar en él porque lo que acordaban lo anunciaba al revés, o inventaba pactos que nunca se habían siquiera conversado, de acuerdo con funcionarios que trataron con él antes y después del siniestro. La desconfianza que creció sobre él se aparejó con la pérdida de acceso e interlocución.

La toma de La Mira fue su renacimiento como líder social y militar. Pero 24 horas después, las condiciones en las que se dio su captura en La Mira, generaron suspicacias. ¿Por qué se separó de las decenas de los hombres armados para estar solo en "El Pollo Feliz"? ¿Por qué se salió del blindaje social que le había dado la comunidad? ¿Por qué el comisionado Castillo argumentó como la razón de su captura un delito que durante varias semanas se le había perdonado? Si Mireles necesita dinero, reflectores y acceso, ¿existe la posibilidad que su detención haya sido arreglada? Nadie lo puede afirmar y difícilmente se podrá probar. Pero para funcionarios federales que conocen Michoacán, no hay explicación más clara de lo que sucedió este viernes, que una captura acordada para que Mireles recupere algo del brillo que se le escapó de las manos.

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