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¿Un pendiente obligado?

PISTA DE DESPEGUE

Comencemos con lo obvio: a finales del año pasado, el cineasta norteamericano Quentin Tarantino listó sus películas favoritas del 2013. A la cabeza estaba Big Bad Wolves, dirigida y escrita por los cineastas iraníes Aharon Keshales y Navot Papushado. Tarantino la definió como la mejor película del año. A la par de dicha mención, resultó que la cinta obtuvo buenas reseñas y algunos premios en su paso por varios festivales. No debe extrañarnos que de inmediato varios la apuntaron en su lista de pendientes obligados.

No quiero ser fatalista, pero soy de la idea de que espaldarazos como el de Tarantino o la recitación de logros obtenidos regularmente obran más en perjuicio de las obras. Máxime cuando el depositario de dichos alagos es algo como Big Bad Wolves. Una gran película, sí. Irritante y poderosa a partes iguales y cuya factura no deja dudas que estamos ante un gran logro cinematográfico, pero cuya obvia discusión posterior a su revisión regularmente acaba, gracias a las referidas menciones, ya no versando sobre sus incómodos temas o sobre lo puntilloso de su construcción, sino sobre sí en verdad merecía todos esos milagros que se le colgaron.

¿De qué va Big Bad Wolves?

Estamos en el Israel actuál. Tres niños juegan a la escondidas en un bosque. Al niño le toca contar, a las dos niñas esconderse. Una de ellas lo hace en el arruinado armario de una también arruinada casa abandonada. El niño termina de contar y no tarda en encontrar a una de las niñas. Ahora los dos buscan a la tercera. La buscan y buscan y, bueno, sólo encuentran su zapatilla roja abandonada en el arruinado armario de la también arruinada casa abandonada.

No tardamos en enterarnos que la policía tiene a un sospechoso de la desaparición de la niña, un maestro de religión con un pasado turbio llamado Dror (Rotem Keinan), al que de inmediato detienen e interrogan. Pero al final deben dejar libre debido a lo de siempre: falta de pruebas, nula investigación profesional de parte de la policía, exceso de fuerza en el tal interrogatorio. En fin. Lo que no se previó es que toda la interrogación sale a la luz en Youtube gracias a que fue grabada por un joven que se encontraba en la bodega en donde ocurrió.

A los días el cuerpo decapitado de la niña es encontrado y tras un estudio se determina que fue violada. El responsable de la investigación, Micki (Lior Ashkenazi), es al que le toca pagar los platos rotos: es despedido.

Deseoso de limpiar su nombre, Micki elabora un plan para raptar a Dror y sacarle la confesión. Mientras eso se gesta, Gidi (Tzahi Grad), el ex-militar padre de la niña y experto en tortura, también elabora un plan para raptar a Dror y hacerlo confesar ya no por su crimen sino por el paradero de la cabeza extraviada. De acuerdo a su credo, la necesita para que su hija pueda descansar en paz.

Están en lo correcto: estamos ante otra historia de venganza y tortura que toma como tema central la patente incapacidad de leyes y las autoridades para resolver un crimen. Dejando fuera varias referencias oscuras, podemos listar al menos tres títulos con los que Big Bad Wolves se hermana sin problema: Intriga (2013) de Dennis Villeneuve, He visto al Diablo (2010) de Kim Jee-woon y Señora Venganza (2005) de Park Chan-wook. Lo que la hace diferente es que a pesar de lo corrosivo de su planteamiento, la cinta es una efectiva comedia que nos hará reír justo es esos momentos más incómodos, tomándose su tiempo y midiendo cada una de nuestras reacciones.

Big Bad Wolves es más una experiencia que lejos de querer decir algo contundente sobre el tema del que se vale, nos recuerda que la comedia no es más que la gran tragedia humana poblada por una serie de personajes inasibles cuyos destinos está definido exclusivamente por sus acciones. Que la desgracia ajena nos da risa, lo sabemos bien ¿Pero qué tantas veces nos han hecho reconocerlo en los últimos años? ¿Y de qué forma?

¿La mejor película del año? No lo creo. Sí creo que es una de las pocas películas que vienen a recordarnos de qué se trata eso de hacer cine. Y eso, mis estimados, claro que no es poca cosa.

@duendecallejero