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Un surimi para los diputados

México no es un país rico. De hecho, somos un país miserable. Y eso lo sabe hasta el gobierno, al que le gusta negar las cosas desagradables, entre las que la pobreza ocupa un aventajado lugar.

Tan lo sabe el gobierno, al menos el federal, que una investigación más o menos oficial del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), nos ha pintado de cuerpo entero la magnitud del problema.

Me refiero al informe "Pobreza y Derechos Sociales de Niñas, Niños y Adolescentes" en México, presentado el martes, que reveló que más de la mitad de los mexicanos menores de 17 años son pobres. Más concreto: el 53.8 por ciento, es decir 21.1 millones de niños y adolescentes, vive en condiciones de pobreza; de ellos, 4.7 millones en situación extrema.

Esta concreción da una negra perspectiva a largo plazo, que es en el que suelen pagarse errores y omisiones sociales. Aunque seguramente muchos de estos infantes y "teenagers" pobres provienen de hogares disfuncionales, los 21 millones de miserables nacidos de 1993 para acá están insertados en grupos familiares igual de pobres que ellos, lo que multiplica, sin necesidad de un nuevo estudio, la temperatura de su condición marginal.

Eso por llamarle de alguna manera, pues una condición generalizada que afecta cuando menos a la mitad de todos los mexicanos (21 millones de niños más un mínimo de dos adultos por cada menor) no es para nada marginal, sino todo lo contrario, sobre todo considerando que hablamos de tendencias que pueden perfectamente ser crecientes.

Sin importar que una tendencia decreciente, como reconoce el reporte de Coneval-Unicef, haya reducido (para 2012) en un millón la cantidad de menores que vivían en pobreza extrema en comparación con 2010. Otro decrecimiento significativo fue el de menores aquejados por la falta de acceso a los servicios de salud, que disminuyeron en 3.4 millones de 2010 a 2012.

Pero las cifras ya ponderadas siguen siendo alarmantes pues, aún con la disminución, la representante de Unicef en México, Isabel Crowley, indicó que aunque los datos indiquen que hay mayor acceso a servicios, el siguiente reto es mejorar la calidad en ellos.

"Lo que estamos hablando es que tengan mejor acceso no sólo a educación, sino a educación de calidad, no es sólo tener acceso", reclamó.

El caso es que la mitad de todos los mexicanos menores de edad son pobres, junto con sus familias, fácilmente otros 40 millones, pero de adultos. Todos ellos serán pobres permanentemente, mientras el sistema social no sea capaz de formular una estrategia realmente efectiva contra la pobreza que, en términos absolutos, sigue creciendo. Hijos de pobres son pobres y serán padres de otros pobres, como lo fueron sus padres.

Y más nos vale entender que este problema es de todos los que no somos estadísticas de la pobreza, sino privilegiados ciudadanos marginales del tercer tipo que vivimos en la playa del océano de la miseria mayoritaria, del que tarde o temprano surgirá un tsunami que nos arrastrará a los marginados que somos, como si fuéramos precaristas.

Nos llevará de encuentro a todos, inclusive, ojalá que por delante, a los Diputados marginales del Congreso local que se están echando a la bolsa, desvergonzadamente, el dichoso bono de gestoría de 30 y tantos mil pesos mensuales, que ellos mismos se autorizaron. Idílicamente esta prestación, que en eso la convirtieron, debía aplicarse a apoyar obras de beneficio social para los electores de sus distritos.

Mas todos los legisladores, con excepción de uno que sí lo aplica y dos o tres que rechazaron el indebido "moche" camaral sin comprobantes, usan la lana social para lo que les viene en gana, lo que incluye embellecer sus oficinas, en las que ni siquiera trabajan.

Éstos ven la tempestad de la pobreza y no se hincan ante la tormenta presagiada. Ya se los llevará el tsunami o, en su deshonorable caso legislativo, el surimi. Se lo merecen.

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