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Opinión

Una clase política excitada

POLITEIA
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Por: César Velázquez

En mi colaboración del jueves pasado, decía que las expectativas desatadas en la clase política del estado en el todavía lejano horizonte de la sucesión gubernamental, daban cuenta de un estado de excitación muy extendido, y que puede explicarse, más que por razones coyunturales, por razones estructurales, entre ellas su escasa autonomía e independencia frente al centro, una reducida ética de la responsabilidad y, tal vez, la percepción de que se está jugando desde ahora con dados cargados.

Decía también que no es un estamento muy calificado. Pensaba, por ejemplo, en la legislatura actual, donde, según un reciente análisis, impera una medianía profesional, académica e intelectual, que obviamente influye en que esa instancia de poder institucional tenga dificultades para pensar nuestros problemas con un mayor horizonte de visibilidad, es decir, como lo he señalado también en otras ocasiones, en términos de épocas.

Pero en todo esto, creo que la clase política local no se diferencia mucho de la clase política nacional. No es consuelo –ni para ellos, ni para nosotros, los ciudadanos-, pues si a algo podemos y debemos aspirar es a tener una representación popular de calidad, con talento para luchar por una causa, por un ideal. En suma, políticos con vocación que, como dice Max Weber, condensen, encarnen, valores y virtudes básicas, "cualidades decisivamente importantes: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura".

Y ya que estamos con Weber, recordemos lo siguiente: "No hay más que dos pecados mortales en el campo de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad… La vanidad, la necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez". Sería bueno que la larguísima lista de aspirantes a un cargo de elección popular tomara nota de ello, y lo contrastara con su fuero interno.

Si hiciesen este ejercicio, seguramente la lista se reduciría de manera considerable. Tendrían que poner en la balanza la ética del compromiso y la ética de la responsabilidad, si partimos de la idea de que estamos ante políticos profesionales y no ocasionales, es decir, que aspiran al poder "como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder 'por el poder', para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere".

Ahora bien, podemos valorar la política desde otra perspectiva, un poco más moderna. Es la que nos ofrece Michel Rocard, y cito de memoria: "La política es un oficio cruel y despiadado, y para conservar la salud mental en él, es necesario disponer de una dosis razonable de oportunidades de ver realizadas las cosas en las que uno cree".

¿Tenemos políticos de esta estatura? ¿Cuántos de todos los que se mencionan tienen el oficio para ofrecer a los ciudadanos un proyecto de estado, de región, para los años venideros, más allá de los lugares comunes? ¿Cuántos de todos ellos sólo quieren el poder por el poder para las satisfacciones de la vanidad?

Habría que hacer de la política un ejercicio de pedagogía. De pedagogía liberadora. Que presupone la recuperación de la autonomía del individuo. El ejercicio del libre albedrío. Nada más, ni nada menos. Lo otro es seguir en una eterna minoría de edad política.

cvr052@gmail.com