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Una copa para quedarse en el poder

HISTORIAS DE REPORTERO

RÍO DE JANEIRO.- Las encuestas varían. En algunos medios se refleja que 25% de la población de Brasil no apoya a su selección. En otros que hasta 50%. En un país con 200 millones de habitantes, estamos hablando de entre 50 y 100 millones de brasileños que quieren que Brasil no gane el Mundial.

Eron Morais De Melo se quita el disfraz de Batman con el que se ha vuelto emblema de las manifestaciones contra la Copa del Mundo. Está sentado en la escalinata principal de la Cámara de Senadores en Río de Janeiro donde suelen arrancar las protestas. El activista me dice que quiere que México le meta 1-0 a Brasil. Y que ojalá Argentina gane el Mundial.

Los movilizados contra el gobierno son jóvenes clasemedieros ilustrados, sindicatos, anarquistas violentos, globalifóbicos extranjeros, por debajo del agua partidos opositores. Ellos lo tienen claro: si la selección de futbol brasileña se lleva la Copa le estaría dando legitimidad a la onerosa inversión y la corrupción en que ha incurrido el régimen de Dilma Rousseff. ¿Siguiente acto? Dilma se reelige en los comicios de octubre, apoyada por una ciudadanía en fiesta por la victoria… al costo que sea.

En cambio, un fracaso del once verde-amarillo crearía tal descontento social que los opositores podrían canalizarlo para exigir una rendición de cuentas que entrampe al gobierno.

El expediente es amplio: la FIFA pidió ocho estadios, pero el gobierno quiso hacer doce; la mayoría los construyó una empresa cuyas aportaciones al partido gobernante crecieron 500%; el estadio de Curitiba no está terminado; el de Brasilia fue presupuestado en 300 millones de dólares, va a costar 900 millones de dólares y la ciudad no tiene equipo de futbol local que lo use después.

¿Qué van a poder hacer los manifestantes con el Mundial? ¿Lo mantendrán en jaque o fracasarán en su intento? Lo podremos calcular mañana jueves, a partir de cuánta gente logran convocar para movilizarse en las doce ciudades sede. La protesta mayor se espera sea en Sao Paulo, donde es el partido inaugural.

Los intentos del gobierno brasileño por subir a la ciudadanía al tren de apoyar a Brasil hacen frontera con el chantaje:

La presidenta Rousseff ha dicho que durante el Mundial de México 1970 ella era presa política del régimen y desde la cárcel vitoreó a su selección que terminó llevándose la Copa en el Estadio Azteca.

El ministro del Deporte, Aldo Rebelo, echa mano de su pasado marxista para defenderse cada vez que le preguntan de corrupción en el Mundial.

Levantar la Copa y ganar la Presidencia. Se juega más que futbol en el Mundial de Brasil.

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