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Una historia fantástica

ITINERARIO POLÍTICO

La ley mexicana manda a prisión a un policía por golpear a un vándalo, pero regala total impunidad a la turba que casi mata a policías.

La razón de ser del periodismo —antes y después de las nuevas tecnologías—, es la de contar historias. Y la de hoy es una historia fantástica, por donde se le quiera ver. ¿Por qué?

Porque se trata de una metáfora de la vieja lección de periodismo que señala que a pesar del milagro de la noche y del día, "la nota" no es que el Sol haga posible al día y la Luna haga la noche. No, "la nota" sería posible cuando "un día no salga el Sol o no aparezca la Luna".

Y resulta que un buen día, en el México de la democracia, la alternancia, la división de poderes y la prensa libre, en la capital de las libertades no salió el Sol y la Luna no hizo a la noche. Ese día fue el pasado miércoles 21 de mayo, en la comunidad de San Bartolo Ameyalco, delegación Álvaro Obregón de la capital del país, en donde se produjo un hecho lamentable que fue conocido por muchos en tiempo real —gracias a las tecnologías de la comunicación—, pero que hasta hoy nadie atina a explicar, sobre todo, nadie del gobierno capitalino.

Nos referimos a un impensable choque entre policías del Distrito Federal y ciudadanos de Ameyalco, en donde los hechos barrieron con siglos de teorías sobre el papel del Estado y de las fuerzas policiacas —una de las instituciones responsables de garantizar el monopolio de la fuerza del Estado—, al grado que el nuevo paradigma de la realidad mexicana propone cuidar a la policía del salvajismo de los ciudadanos, quienes, en el México de cabeza, tienen el monopolio de la impunidad y la violencia.

Sí, por absurdo, por increíble y por fantástico que resulte, en el México de hoy "la nota" no es relatar la brutalidad policiaca empleada contra los ciudadanos, con las consabidas violaciones a las garantías individuales de los ciudadanos. No "la nota" de hoy es contar la historia de la violencia criminal y el salvajismo social lanzado por la turba de San Bartolo Ameyalco contra policías indefensos a los que casi matan a golpes, palos, patadas, pedradas y todo tipo de agresiones. Violencia y salvajismo que cuenta con la impunidad total de la ley y la autoridad del DF.

Por incomprensible que resulte, en la capital del país las instituciones del Estado no poseen el monopolio de la fuerza y tampoco cuentan con instituciones capaces de ejercer ese monopolio. Por eso, en la refriega entre policías y ciudadanos se produjo un saldo de cien policías apaleados, algunos de ellos medio muertos, y ningún ciudadano lesionado. Y claro, sólo cinco detenidos. Por absurdo que se antoje, ningún organismo defensor de derechos humanos abrió la boca. Como si no existieran garantías básicas y derechos humanos para los ciudadanos que laboran en la demeritada actividad de policía. Tampoco ninguna institución de derechos humanos condenó la barbarie, el salvajismo y la violencia lanzada por la turba contra trabajadores del Estado; policías a los que se odia de manera sistemática por identificarse con uniforme, frente a los vándalos que se cubren el rostro o se ocultan en el anonimato de la turba.

Y por fantástico de se antoje, la ley mexicana manda a prisión a un policía por golpear a un vándalo con el casco reglamentario, pero regala total impunidad a la turba que casi mata a policías, que les prenden fuego, los golpean a placer. La nota es que la turba mandó al hospital a cien policías y que en el enfrentamiento no hubo un sólo lesionado del bando ciudadano. La nota es que sólo hubo cinco detenidos, a pesar de que a la zona fueron enviados mil 500 uniformados.

La nota es que ese miércoles negro en San Bartolo Ameyalco, no salió el Sol de las instituciones del Estado y la Luna fue borrada por una realidad que nadie quiere ver y menos explicar. Y por increíble que resulte, a ninguna autoridad parece importarle que las instituciones del Estado mexicano se hayan convertido en promotoras de la ingobernabilidad, la violencia y el salvajismo social.

Y es que según los clásicos de la ciencia política, la policía es la institución encargada de la defensa de la seguridad pública que, a su vez, es el pilar sobre el que se construye el orden público. Por tanto, la policía es la institución y la fuerza del Estado responsable de mantener el orden público, la seguridad de los ciudadanos y la observancia de las leyes.

Eso en la teoría. En el Distrito Federal la realidad es distinta. Los policías no tienen el monopolio legal de la fuerza y menos de la violencia institucional. La barbarie y el salvajismo están del lado ciudadano que, además, goza de total impunidad. ¿A poco no es una historia fantástica? Al tiempo.