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Una larga espera

PISTA DE DESPEGUE

En 1996 la cinta Trainspotting llega a las salas cinematográficas. Con ella, al menos tres carreras despegaron: la primera fue la del actor Ewan McGregor, que comenzó a ser requerido aquí y allá, teniendo que ocultar o no su acento para interpretar los diversos roles que le fueron ofreciendo. La segunda fue la del director Danny Boyle, al que el fuelle ganado le bastó para salvar los baches dispuestos por sus siguientes cintas: Vidas sin Reglas (1997) y La Playa (2000). Fuelle que luego del 2008 se volvió innecesario gracias a los varios reconocimientos obtenidos por su película ¿Quieres ser Millonario? La tercera fue la de Irvine Welsh, autor de la novela adaptada. Nacido en Edimburgo en 1958, Welsh se estrenó como escritor con Trainspotting en 1993, adquiriendo de inmediato la fama de autor de culto.

Tras el estreno de la cinta, Welsh pasó al status de esas efímeras figuras a los que los estudios y productores, esgrimiendo públicamente abanicos de billetes de diferentes denominaciones, les requieren historias para adaptar (historias que, por cierto, para 1996 aún no escribía o publicaba, pues apenas en 1994 apareció su primer libro de relatos: Acid House, mientras que para 1995 hizo lo suyo su segunda e infilmable novela: Pesadillas del Marabú).

En 1998 le publican Escoria luego de un segundo libro de relatos (Ecstasy, tres historias de amores químicos). En esa novela nos presenta al sargento detective Bruce Robertson, misántropo y racista adicto a la cocaína, al alcohol, al porno, a la comida chatarra y al sexo duro (aunque tenga una enfermedad venérea a la alza), al que le han asignado el caso del asesinato racial cometido a Efan Wurie, hijo de un diplomático africano. Conforme Robertson intenta ahondar en el caso, lo único que consigue es hundirse más y más en una crisis que amenaza a su cordura. Crisis que puede ser producto de sus tantos excesos y de la presión por su reciente fracaso matrimonial, como de la repentina toma de conciencia de un parásito que crece en sus intestinos.

Sí, Escoria es una versión novelada, inglesa y hasta surreal si se quiere, de aquel teniente malo interpretado tan magistralmente por Harvey Keitel en la película Corrupción Judicial (1992) de Abel Ferrara, y que en el 2009 Nicholas Cage re-imaginaría para la película Enemigo Interno de Werner Herzog. Estaba claro que luego del creciente interés por adaptar su obra, Welsh entregara una novela acorde a su estilo (juegos de palabras, temas insidiosos, personajes autodestructivos, cuestionamientos a la hipocresía social y a las creencias, guía roji de la cultura de las drogas), pero que siguiera una senda que casi clamaba ser convertida en película.

Sin embargo, el interés por adaptar su obra fue menguando luego del fracaso de Acid House (1998) de Paul McGuigan. Welsh comenzó a escribir guiones originales, logrando separar su carrera como escritor de su carrera en el cine de forma satisfactoria.

Hasta ahora.

En septiembre del 2013 el director y guionista Jon S. Baird pone fin a la larga espera y presenta la versión cinematográfica de Escoria. Con un más que interesante James McAvoy en el papel de Bruce Robertson y con una trama lo suficientemente alterada, aunque respetuosa de su material fuente, la película es casi una corona de laurel para todos aquellos que hemos estado esperando ver las desventuras del detective Robertson en pantalla.

Todo está ahí: cada mal momento, cada vergonzosa respuesta, cada caótica situación. Y gracias al trabajo de Matthew Jensen, director de fotografía, todo es se ve tan radiante, tan espectacular y tan jodido, que te hace pedir más a pesar de lo incómodo que eso pueda resultar.

Indudablemente el mayor logro de Baird consiste en devolver ese añejo interés por adaptar obras de Welsh a la pantalla grande. No es de extrañar que ya esté por ahí la idea de revivir el proyecto de adaptar Porno, suerte de secuela de Transpotting, y cuyo estreno tentativo se proyecta ya para el 2016.

@duendecallejero