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Una lisa enjabonada

POLITEIA

El tema, la coyuntura, el ambiente, todo alentaba el morbo de ver y escuchar la entrevista con el presidente municipal de Culiacán, Sergio Torres. Con una entrevistadora dura, que le gusta el cuerpo a cuerpo, que hace preguntas muy incómodas, veríamos de qué pasta está hecho nuestro alcalde. Desde la mañana, cuando se anunció que por la noche se transmitiría, había expectación. Algunos no llegaron al final de la jornada, otros resistimos para ser testigos del "acontecimiento".

El promocional de la entrevista prometía, era un buen gancho para tener frente a la pantalla a una audiencia deseosa de revelaciones fuertes: a la pregunta sobre el parentesco del alcalde con un renombrado miembro del narco, el alcalde respondía: "a la familia se le quiere", recordando aquella otra frase de "a la familia se le apoya", pero quedando en el aire la duda de si había o no relación consanguínea. La duda se develaría por la noche.

Fue, creo, una buena entrevista. Se trató, en gran medida, de un intercambio dialéctico que mostró a un alcalde en buena forma, que pudo sortear el nerviosismo natural de los primeros embates, y responder con agilidad a los mandobles con que se buscaba arrinconarlo en una esquina. Pero iba bien preparado, y cuando estaba contra las cuerdas tenía recursos para salir a campo abierto y librar la batalla en mejores condiciones.

Diría que vimos a un alcalde al natural, lejos de los movimientos impostados muy propios de los políticos muy rodados , que tuvo el aplomo necesario para no irse por los cerros de Úbeda en todas las respuestas, que recurrió a su propia historia de la cultura del esfuerzo, Torres pasó la prueba. Cierto estilo desparpajado, algo atropellado, como ha sido su andadura accidentada de escasos dos meses al frente de la alcaldía, resultó agradable y diría que dejó una buena percepción entre la audiencia.

Su respuesta a las preguntas sobre las marchas en defensa de Guzmán Loera, me parece que dieron en el blanco: "Es una derrota cultural de los tres niveles de gobierno". Ciertamente. E, incluso, diría que más: de las instituciones del Estado, de los poderes, de la formación y la tarea educativa, y, sobre todo, de la incapacidad para ofrecer opciones de desarrollo a nuestra vida asociada.

La primera vez estuvo bien. La segunda ya menos. Para la tercera y cuarta ocasión, pareció ya una muletilla, dicha sin mucha convicción. Pero me parece que ahí está una de las claves del asunto, y frente a la que no hay que asumir actitudes defensivas, sino partir de su reconocimiento para librar una batalla cultural.

No es su culpa ni es culpa del ayuntamiento. Pero sí puede aprovechar su paso por la alcaldía para ir sustituyendo viejas pautas culturales marcadas por la transgresión de las más elementales normas sociales. La cultura se sedimenta y es producto de largas prácticas sociales. No se puede sustituir de la noche a la mañana. En ello puede y debe trabajar el gobierno de Culiacán.

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