Opinión

Una mezcla tóxica

Por: Agustín Basave

El cáncer de México se manifiesta en dos tumores: la corrupción y la desigualdad. Por eso el primer criterio para evaluar a cualquier gobierno mexicano debe ser la evolución de esos males; de no contrarrestarlos se podrán pregonar, si acaso, algunos avances, pero no un verdadero éxito. El mensaje del Segundo Informe presidencial habla mucho de las reformas pero evade hablar de esos dos problemas, por la sencilla razón de que no se ha hecho prácticamente nada para solucionarlos. De la Cruzada contra el Hambre y la transformación de Oportunidades en Prospera la iniquidad no se ha dado por enterada. Y de la anunciada Comisión Nacional Anticorrupción, ni sus luces.

Este último tema me parece emblemático. La propuesta de la Comisión de marras ha suscitado muchas críticas, fundamentalmente en torno a la insuficiencia del instrumento para enfrentar semejante desafío. Se trata, digo yo, de un frasco de aspirinas para atender un carcinoma en plena metástasis. Pero lo más interesante del caso es que ni siquiera eso, un aparato burocrático que no le quitaría el sueño a los corruptos, se ha concretado. En una clara muestra de las prioridades gubernamentales, se relegó. Y si quedaba alguna duda, el propio presidente Peña Nieto se encargó de disiparla: definió a la corrupción, en su reciente entrevista colectiva, como una manifestación de la naturaleza humana y una contrariedad cultural. Es decir, su origen no está en los incentivos perversos que derivan del hecho de que es más fácil, barato, rápido y conveniente evadir o violar la ley que cumplirla, y tampoco en la impunidad y en la opacidad, sino en una subcultura que habrá que atenuar con educación o, de plano, aceptar. Nada de corregir un diseño legislativo que pone la norma muy lejos de la realidad, nada de simplificar reglamentos y acotar discrecionalidad, nada de actuar contra los intocables, nada de transparentar el (ab)uso del erario en los estados.

"Descorromper" a México debió haber sido el primer punto de la agenda. Sin eso la reforma energética preludia lo que bien puede ser el mayor capítulo de corrupción de nuestra historia —esa sí sería una hazaña trágica—, la depredación de nuestros suelo y subsuelo y una sociedad aún más desigual. Y es que el neoliberalismo confunde pobreza y desigualdad y sostiene la peregrina tesis de que la inversión extranjera trae bajo el brazo una torta de progreso para todos. Desde que nuestra tecnocracia neoliberal decretó en los años noventa el dogma de la extranjerización, las evidencias apuntan al ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres. Y todavía hay quienes se escandalizan ante la propuesta de Miguel Ángel Mancera de aumentar el salario mínimo porque, exclaman, los sueldos de la clase trabajadora no se aumentan por decreto. Faltaba más: sólo se reducen o se congelan por decreto.

Ahora bien, ¿qué puede presumir este gobierno? Sin duda, la negociación política y la comunicación social. Ha mostrado gran sagacidad en ambas cosas. Su astucia en el manejo mediático es notable: ha hecho creer a la opinión pública, por ejemplo, que la impopularidad de Enrique Peña Nieto es parte de un plan fríamente calculado, el costo que tenía que pagar por el bajo perfil al que estaba obligado para no entorpecer el tejido de las reformas. ¿Bajo perfil? ¿De veras? Desde que tomó posesión hemos visto a un Presidente omnipresente en los medios. No habló mucho de lo que se cocinaba en el Pacto por México pero apareció todo el tiempo en prensa, radio y televisión hablando de mil cosas más. Y sí, pese a que resulta inverosímil que sus precarios porcentajes de aprobación sean parte de un repliegue estratégico, han logrado vender la especie. Pero esa es otra historia que habrá que contar. Por lo pronto, para editorializar este Informe reformista, he de decir que la combinación de lo que se hizo con lo que se dejó de hacer es ominosa. Una verdadera mezcla tóxica.

Twitter: @abasave