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Una muerte cruel

SAPIENZA

Un método muy efectivo y socorrido en el Imperio Romano contra la sedición, era la crucifixión. Los romanos aprendieron esa forma de ejecución de los persas, que también había sido practicada en Fenicia, Egipto y Cártago, pero Roma la modificó para provocar mayor tortura. Se utilizaba la cruz imissa, en la que el extremo superior del palo vertical sobresalía por encima del patíbulo. También se utilizaba la cruz de San Antonio, que tenía forma de T. Pero el dolor causado era el mismo con cualquiera de las dos cruces. Los clavos traspasaban las muñecas, no las manos porque ellas no podían sostener el peso del cuerpo. Los clavos dañaban el nervio central, lo que causaba un intenso dolor en los brazos. Un solo clavo se utilizaba para atravesar ambos pies, algunas veces a través del tendón de Aquiles. Luego de ser clavada la persona, los soldados alzaban la cruz y dejaban resbalar el pie de la cruz a un pozo perforado con antelación. La sacudida era tan fuerte que el peso de la víctima era soportado por los clavos de muñecas y pies, causando que las coyunturas principales se doblaran y salieran de lugar. La víctima sufriría fiebre, sed intensa, náusea, incesantes latidos en todas partes del cuerpo y constantes calambres, además de hambre, insomnio y deshidratación. Al colgar por los brazos, los músculos del pecho se paralizaban y los de los costados dejaban de funcionar, por ello, aunque los pulmones se hubieran llenado con aire, era difícil ser expulsado debido a esta parálisis. La sangre se volvía pesada y el corazón luchaba para bombearla. Cuando las piernas se cansaban demasiado, la persona era incapaz de alzarse para poder respirar y la muerte se aproximaba. La persona podría tardar tres días en morir, pero la víctima, lejos de temer a la muerte, la deseaba para escapar de este suplicio. Cuando se deseaba acelerar la muerte de la persona crucificada, se le rompían las piernas para que no pudiera alzarse para respirar. Pero no era común que se acelerara la muerte, pues consideraban que debería ser un castigo, no una escapatoria del sufrimiento. Así lo consideró el emperador Tiberio y muchos otros. La práctica de la crucifixión fue tan extensa en el imperio, que cuando Roma arrasó Jerusalén en el año 70 por órdenes de Tito, faltaba madera para hacer cruces, y lugar en dónde plantarlas.