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Una mujer

COMALLI

Un 10 de mayo del siglo pasado, le escribí un poema a mi Madre. En aquel entonces no quería pensar, porque cuando uno quiere viajar hacia lo hermoso para tomar algunas gotas de misterio, se deben cerrar los ojos y no pensar. Cuando Doña Carmelita murió, años después compartí el mismo pensamiento con otras mujeres a las que también quería homenajear, entre ellas a Nora, una Mujer de cabello aromoso, alma de piedra lila y cobija inmensa de cielo para Sofía y Agustín…mía también. No sé qué tanto logré comunicarles en relación con la polisémica palabra Mujer-Madre, pero así fue y aquí estoy de necio, mojando el papel con el mismo sentido íntimo de esas gotas silenciosas que me robé sin pensar. Aquí estoy de necio tratando de darle significado a las palabras, como lo más natural, fresco y glorioso, que un hombre consigue al no pensar. Es un enredo, lo sé, porque yo soy yo y ustedes, ustedes. Al final, en esa diferencia, hacemos uso del lenguaje como símbolo práctico para armonizar intensamente a unos y otros. Pienso en el lenguaje como la alfombra mágica, simbólica, de nuestra permanente interactuación para intentar llegar a Amar a "esa" que no soy yo. "¿Valió la pena? Todo vale la pena si el alma no es pequeña" (Fernando Pessoa). Hoy, en mi necedad histórica, 22 años después, vuelvo a compartirlo con todas las Mujeres y Madres del mundo, sólo con la condición de mostrarles que lo escribí por amor, después de tomar una gotas de luz de vino, naturalmente, a sabiendas que concuerda con aquello con lo que no concuerda: «Las voces dulces en las noches amargas. La mano suave en las espinas caladas. Los labios rojos en las paredes inundadas. El viento solo en la casa inhabitada. La palabra enamorada en el eco de todos los rincones. La sangre tibia en los ríos más secretos. La luz dorada en el dintel de la gloria no buscada» ¡Feliz día de las Madres, vaya misterio! He nacido muchas veces para amarlas, sin considerar que por ello me aparte de la muerte.

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