Opinión

Una vez más, el conflicto palestino-israelí

DIVAGACIONES DE LA MANZANA
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Por: Martha Chapa

El recurrente conflicto en el Oriente Próximo se reavivó con intensidad durante julio y creció de modo muy amenazante a lo largo de las últimas tres semanas. En este nuevo mes y las cosas no mejoran en absoluto y la disputa entre Israel y Palestina en la Franja de Gaza se prolonga sin límites a pesar de que ha cobrado ya cientos de vidas, la mayoría del lado del pueblo palestino.

No es la primera vez que el intercambio de obuses y misiles sustituye de manera tan desafortunada como irracional cualquier opción civilizada; ya no digamos un dialogo serio, profundo y perdurable, sino la simple vía diplomática para detener con carácter de urgente los bombardeos y la muerte que éstos llevan aparejada.

Los llamados convencionales que parten desde Naciones Unidas, del Vaticano o de variados organismos nacionales e internacionales han sido en vano. Si acaso, han logrado trabajosamente conseguir treguas que duran apenas unas horas y que con el primer pretexto se rompen de uno u otro lado.

Ambas partes en conflicto tienen sus propias argumentaciones, pero más allá de que sus razones sean explicables no existe justificación para esa violencia extrema que está causando tal cantidad de víctimas inocentes.

Debemos reconocer, al respecto, que el asunto nos concierne a todos. Porque si bien estamos a una gran distancia de la zona de conflicto, tenemos que tomar conciencia de que no se trata sólo de una guerra entre dos países, sino de un grave peligro para toda una región y para la humanidad en su conjunto.

Por eso, además de que las diferentes organizaciones en el ámbito internacional y la diplomacia continúen con sus convocatorias y esfuerzos a favor de la paz, me parece que podrían –y deberían– activarse otros mecanismos en ese mismo sentido. Es, decir, ha llegado hora de poner en marcha procedimientos innovadores que sean tanto genuinos como eficaces.

Me refiero, por ejemplo, a una posible reacción de los artistas e intelectuales de esos países a fin de reunirse en un diálogo público que ofrezca soluciones factibles y duraderas para la pacificación de la zona.

En otras palabras, colocar a la cultura en un lugar central donde se constituya en la antítesis de la guerra y la violencia.

Imaginemos, entonces, a escritores, artistas visuales y músicos de esas tierras ofreciendo alternativas a sus propios gobiernos, partidos políticos y, en general, a las sociedades a las que pertenecen. Desde luego, con la colaboración y el apoyo de analistas e intelectuales destacados de todo el mundo.

Una iniciativa como la que describo podría convertirse –¡ojalá!– en un detonante que despierte la conciencia y aliente el compromiso de todos los estratos sociales de cada nación para generar un cambio que vaya instaurando la paz. Suena utópico pero creo que se vale desear y creer que pudiera llegarse a una situación de equilibrio donde, por ejemplo, Palestina sea reconocida como un territorio soberano, pero a la vez demuestre su rechazo total al terrorismo.

Se trataría, así, de una convocatoria para promover el diálogo y la paz a partir del arte y la cultura. Una iniciativa para replegar la intolerancia demencial que proviene de posturas extremistas enquistadas en ambos bandos.

Es posible, deseable e indispensable para las partes en conflicto pero también para el futuro de nuestro planeta.

www.marthachapa.net