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Uno de los peores transportes urbanos del país

POLITEIA

Culiacán tiene uno de los peores sistemas de transporte urbano del país. No digo que es el peor de todos, pues ese indigno lugar se lo disputan otras dos ciudades de la entidad, y algunas más del resto de la República, Monterrey, Guadalajara, Tijuana, Puebla, entre otras. Aquí ha sido proverbial el estado desastroso de las unidades de transporte, con muchas chatarras recicladas, que han tenido como correlato la actitud lumpenesca de no pocos conductores.

Desde hace muchos años está pendiente en la agenda el cambio y la modernización del sistema de transporte. Con la implementación del sistema Red Plus, ya hace un buen tiempo, se consideró que esta nueva política pública pondría coto al ejercicio abusivo de quienes prestan este servicio. Todo terminó, sin embargo, en agua de borrajas: cada vez el servicio de transporte urbano es más deficiente, y no hay poder humano que pueda meter al orden a quienes hacen y deshacen a su antojo con los usuarios.

Los usuarios, los clientes, los ciudadanos, son víctimas de los atropellos —en los sentidos literal y figurado— de los dueños de las unidades, que constituyen un verdadero monopolio, y de los choferes. Culiacán es, por la calidad de su transporte urbano, una ciudad de segunda o de tercera, y está lejos, muy lejos, de una auténtica modernización en tanto no rompa de manera radical con este modelo de gestión del transporte urbano, y establezca nuevo esquema para regular esta actividad.

Muchos recursos públicos se han gastado para estudiar in situ los modelos más avanzados de movilidad urbana, conocer las más exitosas experiencias de modernización y de gestión. Ahí están, por ejemplo, los muchos viajes a Curitiba, las invitaciones a altos funcionarios de otras partes del mundo, todo lo cual permitiría, según esto, abrevar de ese conocimiento para utilizarlo en beneficio de la vida comunitaria.

Hace cerca de dos años, a propósito de este tema, escribí: "Pero todo quedó, a final de cuentas, en nada. Sólo unos cuantos autobuses nuevos y una enorme cantidad de camiones chatarra que fueron parapetados con los colores y el logo oficial, y que luego de un quinquenio, no hay modo de impedir que las externalidades negativas que genera, de modo evidente las ambientales, tengan sus consecuencias para los concesionarios del transporte urbano".

Y por lo visto, así vamos a seguir quién sabe por cuánto tiempo. Ahora se discute sobre un nuevo aumento al transporte y se hace un poco a escondidas, como si diese vergüenza tratar en público este tema. Si algo hay que lamentar es la ausencia de organismos sociales auténticamente representativos de los grupos de usuarios y, por supuesto, la ausencia de una política pública en la materia.

En otras ciudades/municipios del país, el tema del transporte urbano está en el centro de la agenda pública: el transporte es un bien básico al que tienen derecho los miembros de una comunidad; es un derecho, no un negocio y, por tanto, no puede ni debe estar sometido a criterios de rentabilidad económica o comercial. De ahí la necesidad de impulsar una política pública que apunte hacia la municipalización del transporte urbano.

Claro, ello supone una sociedad civil fuertemente organizada, y partidos más comprometidos con los ciudadanos. Por eso digo que así vamos a seguir. Ni modo.

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