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Vamos al circo

DESDE LA CONFRATERNIDAD

"La mejor forma de destruir un enemigo es hacerlo mi amigo" (Abraham Lincoln). Algunas amistades de mi niñez sólo me proporcionaron malos hábitos. La influencia de aquellos mayores que yo, principalmente, para cometer actividades ilícitas fue muy significativa. Cómo lo narré en otra colaboración, mi primera "pinta" la realicé, a invitación de uno de ellos, para que le hiciera compañía en su casa en virtud de haber sufrido la fractura de un brazo; con tan mala suerte que la inasistencia a clases se descubrió en el mismo día, recibiendo de mi madre la cueriza correspondiente. En otra ocasión, asesorado por las malas amistades, me introduje al cine Colonial a robar boletos que luego revendíamos a las afueras del propio cine y cuyas utilidades repartíamos equitativamente entre los pequeños delincuentes. Esto lo cuento porque sé que el delito ya prescribió. Pero en esta ocasión me quiero referir al día, en que para mi mala suerte, se instaló en la explanada a un costado del Mercado Municipal viejo, que durante mucho tiempo se utilizó como estadio de beisbol, un circo que para promoverse realizó un desfile por las principales calles de Guamúchil invitando a la población a asistir y divertirse con los payasos, los acróbatas y las peripecias de los animales, que traídos directamente del África, se presentarían en las funciones vespertina y nocturna programadas, por la módica cantidad de 50 centavos en galería para los niños. Yo andaría en los 9 años de edad. ¿Por qué no te robas un peso de la zapatería para ir al circo?, me insinuó un compañero del barrio, insinuación que ni tardo ni perezoso hice mía, buscando el momento adecuado para cometer mi fechoría. La oportunidad se presentó esa misma tarde. Ante un descuido de mi padre y sabiendo el lugar donde se guardaban los dineros de las ventas del negocio, introduje la mano sin ver el contenido, ya que por mi corta estatura no alcanzaba, para sacar lo que yo consideré era un billete de 1 peso. Pero la mala suerte me acompañaba en esa ocasión. Una de mis hermanas, de escasos 4 años de vida, me delató. Amá, Amá, gritaba la mitotera, el Abelardo agarró 1 peso. Vino el interrogatorio, que con métodos propios de un agente judicial me hicieron confesar mi ilícita acción. Pero sorpresa, el billete robado no era de 1 peso, sino de ¡5 pesos! Una estratosférica cantidad para mi corta edad, cuando sólo recibía 20 centavos los domingos. Y a la medida del delito fue la penitencia. Mi madre me pegó con todo lo que encontró: zapatos nuevos y viejos, mecates, escoba, etc., terminé agotado y tirado en el piso de la zapatería, donde permanecí largo tiempo reponiéndome de la golpiza y de la cruda moral. Y mi socio esperándome en la esquina para irnos al circo. Mi cleptomanía se vio frenada por esta acción, que a lo largo del tiempo le doy gracias a Dios por haber sucedido, no obstante que los métodos disciplinarios de mi madre no correspondían a ningún libro recomendado por los psicólogos, ella seguía sus propios instintos, pero me corrigió. A partir de esa fecha tuve especial cuidado de que mis hurtos no pasaran de 5 o 10 centavos.

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