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Vida campestre, llena de olores y sabores que transportan a la nostalgia

HISTORIAS Y AVENTURAS

Un viejo lema de la Cruz Roja que no ha perdido vigencia: "Nadie es tan pobre que no la pueda ayudar, ni tan rico que no la pueda necesitar.

La vida campestre es rica en olores, que se diferencian a los que se respiran en las ciudades, llenas algunas de smog despedido por chimeneas de fábricas y por los escapes de vehículos automotores.

Evoca esto a la nostalgia y a aquellos años de la niñez, que son tan distantes y diferentes a los de la actualidad.

Quizá al amable lector no le suenen los nombres de "La guadalupana", "La 25" o "El macaby", son una bahía y dos esteros localizados en la sindicatura de Emiliano Zapata del municipio de Culiacán, a donde hace muchos años acostumbrábamos ir de pesca y en el cual disfrutábamos las más ricas lisas tatemadas en las brasas y rellenas de verdura acompañadas con tortillas recalentadas en las cenizas de leña del manglar.

Creo que pocos se han dado el lujo de disfrutar del manjar de papas cocinadas al vapor en un hoyo confeccionado en la parcela y acompañadas sólo con sal y una Pepsi pasada por agua, a falta de hielo, a como antes de la llegada de la energía eléctrica las tomaban en los ranchos.

Viene también a nuestra mente cuando en la época de siembra del maíz, a la etapa de los elotes, se cocían con todo y hojas en un hoyo con brazas, y sabían a gloria, para "bajarlos" nos empinábamos una botella llamada "Mulita" con un riquísimo café calentado al Sol y tapado con un olote.

Y como olvidar aquellos otros sabores del campo, como las aguamas, las bolsitas de garbanzo verde tatemado en el comal, o el café de grano tostado en las hornillas y triturado en el molino rojo a la vuelta y vuelta de la manivela.

Además de todo esto, la mente vuela al recuerdo de los arrayanes, las nanchis, los panales rebosantes de miel, y las rojas pitayas que antes se daban a montones en la vida silvestre y que luego orinabas como sangre, hoy todo eso, es sólo historia.