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Violencia y represión

El combate a la delincuencia es un fenómeno omnipresente. Tanto, que empieza a disolverse en la cotidianeidad. A ser lo ordinario. A dejarse de ver.

La violencia empieza a entenderse como parte de algo que a otros corresponde enfrentar y, de ser posible, resolver, al menos atenuar. De pronto aparecen conteos que llaman la atención por su magnitud, o relatos que despiertan del letargo por lo escabroso de lo narrado. Pasada la noticia, todo vuelve a la inercia que produce la fragmentación informativa. Unos muertos aquí o allá, más detenidos por ahí, unos decomisos realizados en cierta parte del territorio. La información cotidiana abruma y el detalle distrae. Lo relevante es lo episódico y no más el rumbo general de las cosas. La eficacia tiene la misma métrica. Lo hecho parece ser un asunto de marcadores. Tanto se ha logrado, tanto más que hace semanas, meses, años. Lo movible de los parámetros asegura el golpe noticioso. A todo esto, ¿a dónde vamos en lo general? ¿Cuál es el objetivo a alcanzar? ¿Cuáles son los medios para lograrlo?

Lo grave de este acontecer no es sólo lo mucho que puntualmente se ve, sino lo mucho que deja de verse, de entenderse, de sentirse. Es verdad que no se puede vivir sin olvidar. El problema es determinar cuándo debe iniciar el olvido y qué debe ser olvidado. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para ello? Cada proceso, cada herida, cada pueblo tiene su orden de sanación. Lo que sí es difícil de aceptar, es que el olvido deba darse sobre lo que está aconteciendo, sobre lo que no ha terminado. Ello no es olvidar. Es evadirse. Es renunciar, para permitir que otros piensen el acontecer, lo definan y determinen cómo enfrentarlo.

Dejar de considerar a la violencia y a su combate como un problema de todos, presente, y en plena expansión, está teniendo graves consecuencias. La más importante es la traslación a otros de su definición, su categorización y la determinación de las vías de enfrentamiento. Me detengo en un aspecto que me parece especialmente importante. En este delegar social, está dándose una confusión creciente entre el combate a la violencia y el combate a la protesta. Si analizamos declaraciones, iniciativas o el discurso en general, cada vez se hace más delgada la diferenciación entre ambos fenómenos y, más aún, en los medios para combatirla. A quienes delinquen se les sanciona por llevar a cabo una conducta prevista en la legislación como delictiva. A quienes protestan ¿por qué se les castiga o se les quiere castigar? La respuesta no puede ser por protestar, pues ello, no sólo no constituye un delito, sino que es la expresión de un derecho humano. Las diferencias entre ambas cosas son totales. Apelar aquí a cualquier lugar común es válido. El Estado que no permite expresar la protesta, abandona su cauce democrático y, finalmente, una parte, al menos, de su legislación.

Los tiempos difíciles lo son para todos, no sólo para las autoridades. Permitir que quienes deseen expresarse lo hagan es una sana, racional y ética manera de conducir los asuntos públicos. La tentación de acallar a quienes quieren decir algo sobre lo poco que va lográndose, no es un buen camino. Es una muestra de confusión y debilidad. Confusión, por no contar ni con las categorías para diferenciar válidamente entre quienes delinquen y quienes declaran o proclaman un propósito o hacen valer una objeción. Debilidad, porque se muestra que ante la incapacidad, el silencio y el silenciar son las únicas opciones disponibles.

@JRCossio