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Viva Brasil

DIVAGACIONES DE LA MANZANA

En la idea que nos hemos formado acerca de Brasil predomina una carga positiva, que lo mismo subraya la música, el futbol y las reservas ecológicas, que las playas y la comida y, sobre todo, la alegría natural de los brasileños.

Desde mi niñez tengo una percepción favorable sobre ese país de tan extenso territorio –el quinto más grande del mundo– y aún hoy cuando escucho su nombre cruzan por mi mente algunos recuerdos o imágenes adquiridos en la infancia: la película animada de Walt Disney donde aparece el simpático y hablantín Pepe Carioca, o bien la atractiva Carmen Miranda, cantante y actriz que en los filmes solía bailar con una asombrosa combinación de alegría, ritmo y sensualidad, portando en la cabeza un sombrero que semejaba un frutero o, más bien, el mero cuerno de la abundancia. Por igual, esa nación bendecida por la selva amazónica se vincula a otras referencias que están en la mente de varias generaciones: Pelé, samba, carnaval, bossa-nova…

Y, desde luego, no podemos dejar de lado a los importantes personajes brasileños de las letras, a quienes, confieso, no he leído lo suficiente, aunque me he adentrado en la obra de un par de ellos. Está ahí, por ejemplo, la prodigiosa, Clarise Lispector, lo mismo que Jorge Amado o Joäo Guimäraes Rosa y, en los días actuales, el polémico Rubem Fonseca.

Brasil sigue presente día a día por diversas razones, la mayoría gratas, como el hecho de que en unos cuantos días se celebrará en ese territorio la Copa Mundial de Futbol. También ha sido una noticia esperanzadora el decidido ingreso de la nación sudamericana a la democracia y las libertades, tras décadas de opresivas dictaduras militares.

Y está, asimismo, el hecho de que apenas hace un par de años sobresalía el sorprendente y gran crecimiento económico de ese país de más de 200 millones de habitantes.

Sin embargo, como en casi todo, en Brasil también hay un lado opaco. Existen realidades contrastantes que no sólo nos duelen e indignan, sino que mucho nos preocupan; en primer lugar porque se trata de nuestros hermanos latinoamericanos y, además, por los efectos negativos que podrán derivarse a escala continental.

Así, comprobamos hoy los elevados índices de pobreza, marginación, desempleo y violencia (incluso, al parecer, mayor que la nuestra) que se vive en algunas regiones brasileñas, entre otros graves rezagos. Estos problemas se han vuelto inocultables y resaltan más aún en el contexto del certamen mundialista.

De ahí que las noticias hoy no sean tanto los preparativos para la fiesta futbolística sino las movilizaciones sociales que se han multiplicado en demanda de vivienda, trabajo, educación, salud y alimentación, sobre todo ante el gigantesco gasto público que ha significado la organización de dicha justa deportiva y comercial. Por su parte, las autoridades aducen que se trata de una inversión que permitirá obtener grandes ganancias, además de promover el turismo y la llegada de capitales a otras áreas de la economía brasileña.

A fin de cuentas, me parece que ambas posiciones son razonables y deben armonizarse mediante negociaciones, cuyo eje sea la etiquetación de las utilidades que se obtengan para dar respuesta a todo este tipo de exigencias populares, que son justas y urgentes.

Deseamos, en todo caso, el bien de Brasil y que sus avances sean aún mayores, pero también que continúe esa inmensa felicidad –en un entorno de justicia y democracia– que siempre ha brotado de esa pródiga tierra y la sigan compartiendo generosamente con todo el mundo.

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