Opinión

Vivir al filo

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Por: FRANCISCO VALDÉS UGALDE

Un signo de nuestro tiempo es la inutilidad de las claves disponibles para entender el mundo en que vivimos. Cuando el 11 de septiembre de 2001 las Torres Gemelas fueron derruidas por dos aviones comerciales desviados por militantes de Al Qaeda, y otro cayó sobre el Pentágono y uno más se estrelló en campo abierto en Pennsylvania, nadie podía dar crédito a lo que ocurría. Después de la implosión de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín y la emergencia de un sistema internacional unipolar, el orden fundado en la Conferencia de Postdam de 1945 y edificado durante la Guerra Fría terminó de derrumbarse. Los valores concomitantes a ese entorno se disolvieron y en cada región del mundo se fincaron distintos modos de organización bajo el común denominador de una globalización casi siempre despiadada.

Por doquier, los confines del estado nacional se desdibujaron. En todo el mundo, las grandes migraciones alcanzan la magnitud de un éxodo de proporciones nunca vistas: africanos y asiáticos hacia Europa y Norteamérica, mexicanos y centroamericanos hacia el Norte, diásporas permanentes desde América del Sur. La incapacidad de las élites locales y sus gobiernos para ofrecer mínimos de seguridad, bienestar y de oportunidades pone en cuestión la viabilidad de unidades nacionales ante las más vastas configuraciones de mercados laborales o de bienes y servicios, en los que actores como las grandes compañías y el crimen organizado, superan la escala de la mayoría de los estados, muchos de ellos incapaces ya de control interno. El mundo del trabajo se distingue cada vez más entre la mayoría que sólo cuenta con sus manos y los pocos que pueden ofrecer talento y conocimiento para la innovación que motiva a los mercados de avanzada. Esta desigualdad agudiza todas las demás.

La larga tradición de tolerancia en occidente, que aportó valores y medios civilizatorios a otras latitudes del oriente y el sur ha sido sucedida por renovadas manifestaciones de intolerancia. En el corazón mismo de las potencias nucleares arrecian los nacionalismos que reclaman poner un alto al creciente mestizaje humano para preservar valores y comunidades que a la postre son inviables y que a cada exhibición no dejan duda sobre su condición anacrónica. En las antípodas, el fundamentalismo islámico ha penetrado en esas sociedades, y en sus formas más extremas alimenta la violencia que impera sobre las ruinas de otro ordenamiento de la segunda posguerra: el Medio Oriente y sus vecinos cercanos viven en guerra permanente, agravada por el violento intento de implantar un Estado Islámico en las tierras de Siria e Irak. Según los reportes de inteligencia, sus adeptos incluyen a miles que portan nacionalidades europeas o estadounidenses. Se suma a ello la crisis de Ucrania.

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Las herramientas para gobernarnos, recreadas en la segunda mitad del siglo 20, han perdido eficacia para hacer frente a los problemas aflorados en su ocaso. Estos problemas no serán comprendidos ni resueltos si no se encaran las dimensiones del vacío en el repertorio de las respuestas. Afortunadamente, la casi mitad del mundo se gobierna democráticamente, pero el sistema internacional preserva la huella de la repartición de posguerra, que por su clave militar no es dúctil para el "gobierno por discusión" (J. S. Mill). La democracia representativa corre peligro y pocos lo perciben. La fuerza va sustituyendo el diálogo y el acuerdo, adentro y afuera de las soberanías…

La historia enseña que no hay día que no vivamos al filo de lo impredecible, especialmente cuando se derrumban las certezas y rutinas habituales. Los desafíos ya no se pueden encarar al viejo estilo, gobierno por gobierno. Política a escala mundial, representativa, democrática y con horizonte de largo plazo es el único aliento de la esperanza pesimista de cualquier informado.