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Voto ciudadano y desconfianza

Mucho se ha comentado ya el Informe sobre la calidad de la ciudadanía presentado por el INE. La elevada desconfianza hacia la clase política aparece en todas las encuestas, no es novedad.

En cambio, ha llamado la atención que cerca de 70% de ciudadanos tampoco confíe en otros ciudadanos, miembros de la sociedad civil. Eso aparece en varios estudios desde los años sesenta; no ha habido cambio sustancial. No debería haber sorpresa, pues es reflejo de la cultura política del agandalle, el abuso, la transa, que prevalece no sólo entre la clase política sino en la mayoría de los ciudadanos. Hay un círculo vicioso según el cual si un ciudadano se siente robado por todos —gobierno, empresas y conciudadanos— la forma en que puede compensarse es también incurriendo en abusos y transas a los demás, cuando se puede. No hacerlo, en aras de una civilidad pregonada por muchos pero aplicada por casi nadie, lleva a que quien así actúe salga perdiendo en el proceso de interacción con el resto de la sociedad. Eso no cambiará en tanto no se genere una dinámica distinta, cosa muy difícil de llevar a cabo pues las propias leyes que pretenden eso no se aplican sistemáticamente y son burladas a su vez por la corrupción.

Por otro lado, al hablar de la participación electoral, muchos ciudadanos están convencidos —pues así lo comunica la clase política— que a través del voto se toman decisiones de políticas públicas, lo cual ocurre de manera muy indirecta, y a veces ni eso. Por ejemplo, probablemente pocos de quienes votaron por Enrique Peña Nieto se esperaban una reforma fiscal como la aprobada entre el PRI y el PRD. No había nada que indicara que por ahí se iría el gobierno de Peña. La mayor participación electoral generalmente se haya asociada al sentido de eficacia política, es decir, la convicción de que el voto en realidad afectará la realidad política en el sentido deseado por el elector. Lo que destaca el estudio como extraño, es que los grupos que sienten menos eficacia política son los que más participan, y quienes tienen más elementos críticos e información, participan menos ¿Cómo explicar el fenómeno?

Eso mismo ocurría en tiempos del autoritarismo, cuando grupos con menor escolaridad e ingreso participaban más que los sectores más modernizados e informados. Se entendía como un rechazo al régimen político por parte de los ciudadanos más críticos. Pero en un sistema más competitivo es extraño que así siga ocurriendo. Es probable que prevalezca en esos ciudadanos la concepción del voto como un deber, más que como un derecho. Debe votarse como forma de cumplir una obligación ciudadana y refrendar el compromiso con la democracia. Pero justo por ello, no se percibe que al emitir un voto por cualquier partido, además de influir sobre la composición de la representación política, se otorga un aval al conjunto de los partidos políticos, a la partidocracia, pues es a través del voto por alguno de ellos que se renueva la legitimidad del sistema de partidos en su conjunto, además de ser una autorización implícita para que sigan haciendo lo que les venga en gana, justo lo que genera irritación en los ciudadanos y que es causa de la elevada desconfianza hacia los políticos; un elevado financiamiento público, salarios de lujo, prestaciones diversas, etcétera.

Así pues, igual que suena contradictorio que los ciudadanos que se sienten menos eficaces políticamente asisten en mayor medida a las urnas, lo es también que ciudadanos con una elevada desconfianza hacia los partidos y legisladores asistan a votar por algún partido refrendando el permiso y la autorización de todos ellos para continuar haciendo lo que hacen. Y por ello los partidos siguen como si nada; saben que cada tres años el grueso de la ciudadanía los refrendará en las urnas, inyectando renovada legitimidad y un voto de confianza, pese a la desconfianza que les generan. En cambio, los mecanismos de control ciudadano sobre partidos y legisladores siguen siendo precarios, casi simbólicos.

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