Opinión

¿Y si es peor de lo que parece?

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Por: José Ramón Cossío

El tema de la violencia ha adquirido entre nosotros una narrativa común. El "triángulo dorado", la necesidad de dotación de droga a las tropas estadounidenses, la corrupción de políticos y militares de otros tiempos, el cierre del paso caribeño, la transformación del trasiego en consumo, el apoderamiento de rutas, el pago de actividades con droga y su necesaria colocación, son algunas ideas comunes.

Estas son expresiones que de un modo generalizado nos sirven para entender la actualidad. En la repetición de estas nociones se cifra la comprensión de las cosas, la justificación de la mala situación vivida y las soluciones que necesitamos. Señalar que las cosas tienen una causa política, permite mantener la idea de la sociedad "buena" y "mala" su clase dirigente; considerar que los "narcos" mexicanos han desplazado a los narcos de otros países, genera cierta sensación de orgullo nacional; repetir que todo el asunto se mantiene por nuestra inveterada corrupción, es volver a los males coloniales y a la imposibilidad de superarlos; contabilizar muertos es sólo la macabra competencia entre ineficaces administraciones.

La narrativa dominante permea enfoques, discusiones y estrategias de combate ahí donde las haya. Determina mucho de lo que pensamos, decimos y actuamos en relación con el narcotráfico, la delincuencia organizada, la violencia y las formas de enfrentar estos problemas. Buena parte de las diferenciaciones sociales, políticas o jurídicas que estamos realizando, dependen de cómo entendemos tales fenómenos. La construcción de la realidad ha sido en buena medida tan homogénea, que lo que hoy son esos fenómenos delictivos y sus efectos, va terminando por parecer "natural", como el estado propio de las cosas. Hay poca sofisticación en el enfoque acerca de otros posibles orígenes del fenómeno, otros posibles actores involucrados, otros posibles cursos de acción.

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Un elemento generado por el entendimiento dominante, es considerar al fenómeno delictivo como predominantemente nacional. Así, los orígenes y causas de lo que nos acontece se atribuyen a nuestra idiosincrasia, ancestrales pobrezas y desigualdades, consuetudinaria corrupción o frecuente improvisación, por ejemplo. En el contexto global se ubican las rutas que ocupan los nacionales, el surtido de las armas o las conexiones con otras organizaciones. La perspectiva internacional, como tantas veces ha sucedido en la historia nacional, adquiere sentido desde nosotros mismos. Pensar el fenómeno como cuestión no-nacional, como algo que —así sea en parte— se genera fuera de nosotros o, inclusive, se impone el exterior y más allá de la repetida idea del mercado de consumidores, también nos resulta ajeno.

A contrapelo de lo que he señalado, Sergio González Rodríguez entiende en su último libro Campo de guerra (Anagrama, 2014) que buena parte del fenómeno nacional de la delincuencia y la violencia resultan de visiones, intereses y decisiones no-nacionales. En un párrafo conclusivo afirma: "El caso de México y su integración económica, política y militar bajo los intereses estadounidenses refleja cómo ha sido posible aprovechar la condición asimétrica, la alegalidad de un Estado y la implantación de reformas integrales de sus sistemas productivos, de inteligencia, penal y de seguridad para absorberlos poco a poco de acuerdo con las demandas de EU hacia el siglo XXI. Los años de violencia extrema e inestabilidad en México han colaborado a lograr esos fines y transformado su espacio real y simbólico a partir de cartografías emergentes y adversas para la mayoría de las personas". El ensayo de González Rodríguez invita a reflexionar si lo que nos pasa tiene causas no-nacionales. Si parte del problema que padecemos radica en la acrítica aceptación de las ideas que como colectividad nacional nos están lastimando. Qué hacer con la información obtenida es ya otra cosa. Sin embargo, es difícil enfrentar un problema cuando ni siquiera se sabe que existe.

@JRCossio