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¡Ya ocurrió!

ITINERARIO POLÍTICO

Ocurrió lo que muchos gobernantes, políticos y legisladores niegan: que hay rincones del "México real" donde las personas aspiran a golpear uniformados.

Sí, finalmente ocurrió el asesinato de dos policías. Fueron apaleados —hasta perder la vida— por una turba de San Andrés Tlalamac, en Atlautla, Estado de México, luego que trataron de someter a presuntos talamontes.

Apenas el pasado lunes aquí dijimos que resultaba intolerable la barbarie ciudadana lanzada contra policías de Ameyalco. Dijimos que el vandalismo social y la barbarie no podían seguir siendo beneficiados con la impunidad total. Y advertimos que de seguir así, tarde o temprano la turba ciudadana terminaría por matar policías.

Ya ocurrió. Ya se produjo un nuevo linchamiento de policías, ahora con saldo de dos uniformados muertos. Y también de nueva cuenta a pocos importó que el salvajismo ciudadano haya impuesto su ley en tal o cual comunidad de "el México real"; el México de la impunidad al vandalismo y la supuesta justicia por propia mano. Ocurrió que otra vez un choque entre policías y ciudadanos termina con ciudadanos impunes y que, por increíble que resulte, apelan a su derecho a ser reconocidos como "autodefensas".

Ocurrió lo que muchos gobernantes, políticos y legisladores niegan y otros no quieren ver: que en muchos rincones del "México real" los policías municipales, estatales y/o federales son lo más cercano a "botargas de circo" a las que no pocos ciudadanos aspiran a golpear, vapulear, apalear y, en el extremo, aspiran a matar. ¿Cuántos policías deben morir a manos de la turba, para que cambie esa situación, para que alguien del gobierno de Peña Nieto, de los gobiernos estatales, del Congreso se preocupe por recuperar la confianza y la fuerza de la policía?

Ocurrió que mediante alguna modalidad del resbaladizo concepto de "autodefensa" —justicia por propia mano ante la ineficacia de la autoridad, o producto del vandalismo a sueldo—, el salvajismo ciudadano confirma que nadie respeta a los policías mexicanos, esos que debieran ser emblema de la fuerza institucional del Estado, y que, en la práctica, los policías son receptores del enojo, el coraje y el odio social detonado no sólo por los policías, sino por los políticos, los partidos, los gobernantes y la clase política toda.

Y es que es sabido que en el "México real" —y además del vandalismo a sueldo y por consigna—, no pocos ciudadanos cargan agravios ocultos contra alguno de los tres órdenes de gobierno —o contra los tres en conjunto—; agravios contra tal o cual partido político, tal o cual gobierno, tal o cual proceso electoral, candidato o gobernante.

Pero además, los ciudadanos también guardan rencor, enojo y odio por la desigualdad, el desempleo, los bajos salarios, la pobreza y la falta de oportunidades. Por eso, en la primera oportunidad de vandalismo, esos ciudadanos descargan agravios, rencores, resentimiento y odio, contra los policías; no sólo porque son policías, sino porque son la primera línea de contención del descontento social, de la desesperanza, el odio y el resentimiento contenidos.

Pero tampoco es nuevo que la turba mate policías. En realidad asistimos a un fenómeno viejo y que nunca ha sido atendido, porque los distintos órdenes de gobierno y las instituciones del Estado cierran los ojos a una peligrosa realidad: los evidentes síntomas de ingobernabilidad. Y sólo basta recordar el linchamiento de policías en Tláhuac —el 23 de noviembre de 2004—, cuando tres agentes policiacos fueron quemados vivos y cuya ejecución se transmitió en directo por televisión.

¿Qué pasó luego de esa tragedia? ¿Qué hicieron las autoridades federales, las de la capital del país, para impedir que se repitiera un linchamiento como ese? ¿Qué aprendió el gobierno del DF? ¿Quiénes fueron sancionados en ese momento por permitir que tres policías fueran quemados vivos? Lo cierto es que no pasó nada. El asesinato de policías ya había ocurrido, pero no paso nada. Hoy ocurre de nuevo y seguramente no pasará nada.

Lo curioso es que el nuevo asesinato de dos policías se produjo en el Estado de México. Y casualmente cuando el responsable de la seguridad mexiquense se llama Damián Canales, el mismo que era director de la Policía Judicial del DF cuando fueron quemados los policías de Tláhuac; el mismo que en aquella ocasión no hizo nada. ¿Y si entonces no pasó nada, por qué hoy tendría que pasar algo? Al tiempo.

EN EL CAMINO

Por cierto, por definición, la existencia de "autodefensas" ciudadanas representa el mayor fracaso del Estado y sus instituciones. Pero eso a nadie le importa, pues las "autodefensas" serán la nueva botarga de los radicales de izquierda. De nuevo, al tiempo.

www.ricardoaleman.com.mx twitter: @ricardoalemanmx