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Yo quiero que mi hijo sea feliz

UN CAMINO AL CRECIMIENTO

Estoy convencida de que una de las más importantes empresas que tenemos los padres de familia es desarrollar el arte de educar a nuestros hijos y, al mismo tiempo, construir relaciones sólidas, nutricias y duraderas con ellos. Si al preguntar a un grupo de 100 padres (papás y mamás) "¿qué quieres para tus hijos?", me atrevo a pronosticar que al menos 80 de ellos responderán en sus primeras tres respuestas "Yo quiero que mi hijo sea feliz". Todos los padres deseamos esto, por lo tanto, es una importante tarea nuestra hacer un plan para lograrlo. En primera instancia, es requisito que, si queremos lograr algo con nuestros hijos, primero tenemos que lograrlo con nosotros. ¿Cómo sería posible que una madre o un padre deprimido, triste, frustrado, enojado o desmotivado pueda enseñar a su hijo a ser feliz? Suena ilógico, no? Cuando vamos a aprender una habilidad a una clase esperamos que nuestro maestro sea un modelo, es decir, esperamos que él domine lo que nos va a enseñar y que nosotros vamos a aprender. Sucede igual con padres e hijos. Todo aquello que nosotros deseamos para nuestros hijos, sobre todo en asuntos de actitud, habrá que lograrlo y dominarlo en nosotros primero. ¡No hay vuelta de hoja! Y en el rubro de la felicidad hay un aspecto que hay que tomar en cuenta: la persona feliz se caracteriza por tener relaciones sanas, duraderas, disfrutables. No es posible pensar en alguien que no ha desarrollado la capacidad de construir relaciones de este tipo y considerarla una persona feliz. ¿Y cómo aprendemos a relacionarnos? Lo aprendemos en nuestros primeros tiempos de la vida, en nuestra infancia. Son nuestros padres con quienes aprendemos de cómo nos relacionamos con los demás. En estos primeros años de la vida aprendemos a pedir lo que necesitamos y, en la forma como se nos responde y se cubre nuestra necesidad, aprendemos a respetarnos y ser respetados. Aprendemos que somos valiosos para ser atendidos, para que otros nos pongan atención, que jueguen con nosotros; aprendemos a reconocer nuestros sentimientos y que otros los reconozcan; aprendemos a gestionar nuestras emociones; aprendemos de límites, de afectividad, de comunicación profunda… Y lo aprendemos… o no lo aprendemos. Y es así como nos habilitamos para relacionarnos después, y de esto dependerá en gran parte nuestra felicidad en el futuro.

Y si en el núcleo de la felicidad están las relaciones, en el núcleo de las relaciones está la comunicación. Es fundamental tomar en cuenta que la forma en cómo nos comunicamos con los demás determina la calidad de nuestra relación. Si entre padres e hijos predominan los gritos, las faltas de respeto, la escasa afectividad y falta de mensajes positivos, es probable que no se construya una relación de confianza y amor, sino que el coraje, el miedo y la hostilidad sustituyan a la alegría. Aprender a comunicarnos mejor es un activo fijo en la empresa de educar. Unos de los pilares de la comunicación que construye relaciones es la destreza de cambiar las etiquetas por conductas. ¿Qué es esto? Para el corto espacio que le resta a esta columna, lo explico con un ejemplo: Cuando le digo a mi hijo "Pórtate bien", estoy usando una etiqueta. Cuando le digo: "Me gustaría que cuando lleguemos a casa de tus abuelos los saludes con un beso", estoy usando conductas. No es lo mismo decirle a un niño "Eres un maleducado" que decirle "No me gusta que al llegar no saludes". Cambiar etiquetas por conductas hace más ligera la educación, y el impacto que tiene en el niño es de dimensiones enormes: su autoestima se queda intacta.

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