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Zona metropolitana y transterritorialidad

POLITEIA

El pasado 16 se instaló el Consejo para el Desarrollo Metropolitano de Sinaloa. Es una oportunidad para el diseño e instrumentación de una nueva generación de políticas públicas que requiere la entidad para promover una urgente expansión económica, mejorar su competitividad, construir un nuevo polo de desarrollo y romper las inercias que le impiden organizar la transición de territorio estancado o perdedor a territorio ganador, para utilizar los términos de la Comisión Económica para América Latina (Cepal).

Con un poco de retraso, pero finalmente se instala el Consejo, en el que se condensa una serie de esfuerzos emprendidos desde finales de la década pasada, con el reconocimiento de una zona conurbada entre Culiacán y Navolato que ahora, al ser aceptada por diversas instancias federales, le permitirá a la entidad acceder a recursos de una bolsa global del orden de los 10 mil millones de pesos, por los que habrá que competir con proyectos de calidad, con rentabilidad económica y social.

Digo que con un poco de retraso, pues tan sólo en el país hay una una sesentena de zonas metropolitanas que son pilares del desarrollo regional y local. Responden y se insertan en tendencias del cambio global que tienen, entre otras características, la ruptura con las clásicas demarcaciones administrativas, y suponen la emergencia de nuevas formas de coordinación intergubernamental, con la incorporación de actores sociales, económicos y productivos tradicionalmente excluidos de las políticas de desarrollo.

Hay zonas metropolitanas paradigmáticas. Las del Valle de México, Guadalajara, Monterrey, La Laguna, Puebla-Tlaxcala, Toluca, León, Querétaro, Aguascalientes, se han convertido en espacios transterritoriales para estimular convergencias estratégicas que generan círculos virtuosos para un crecimiento sostenido y con un horizonte temporal de más amplia perspectiva. No son, sin embargo, panaceas para todos los males económicos y sociales, como lo demuestra el caso de zonas metropolitanas que han perdido competitividad.

Pero la apuesta de Sinaloa por esta zona metropolitana está ahí y bien harían las instituciones, los agentes productivos y sociales, así como las entidades académicas, en aprovechar las oportunidades que se abren impulsando en esta región un modelo de triple hélice (gobierno, empresarios y universidades) para generar un círculo virtuoso de expansión y crecimiento sostenido en el largo plazo.

Los datos cuantitativos son impresionantes: la zona Culiacán-Navolato tiene una extensión de más de siete mil kilómetros cuadrados, la sexta más grande, y con más de un millón de habitantes, es la doceava del país, lo cual le confiere ventajas comparativas y competitivas frente a otras áreas metropolitanas.

Hace unos meses, al recibir el grado de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Occidente, Luis F. Aguilar nos recordó que mientras las políticas y los gobiernos siguen siendo territoriales, las actividades humanas, sociales que determinan la calidad de nuestra vida personal y asociada son transterritoriales: economía, ciencia y tecnología, entretenimiento, información y comunicación.

Aprovechar esas ventajas para resolver el desajuste entre territorio y transterritorio y construir futuro para la región es el reto de la zona metropolitana. Lo demás será fuego de artificio.

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