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AMLO no cambió y le cuesta disimular

Por: Jorge Fernández Menéndez

Andrés Manuel López Obrador. AP

Andrés Manuel López Obrador. AP

Afortunadamente, aunque los temas han salido sin claridad y sin la intención real de ser debatidos, López Obrador ha tenido que aceptar dos debates claves en el debate nacional. Los ha tenido que aceptar porque con sus propias declaraciones los puso sobre la mesa, quizás sin tomar en cuenta la reacción que generarían, y por eso ahora, sin demasiado éxito, quiere minimizarlos.

Se trata del nuevo aeropuerto y de la reforma energética. Dos temas claves que determinarán en buena medida el futuro del país que queremos y que muestra, también, con bastante claridad el país que quiere López Obrador. Ya hemos hablado del aeropuerto: cerrar esa obra no es viable, por su avance, por las inversiones ya realizadas, por los mecanismos financieros que se ha utilizado para sacarla adelante. El desarrollo el país exige un hub aéreo de las características del que se está construyendo en Texcoco. La propuesta de López Obrador es sencillamente inviable: suspender esas obras, dejar funcionando el actual aeropuerto (en otras ocasiones dice que lo cerraría) y construir dos pistas en el aeropuerto militar de Santa Lucía, que todos los estudios coinciden desde el 2002 que no es una opción viable. Con sus simplificaciones habituales, cree que cancelar la actual construcción del aeropuerto, comenzar a construir en otro lado, a 60 kilómetros de la ciudad, otro aeropuerto es fácil.

También se le hace fácil (lo dijo, perforar un pozo de petróleo en alta mar, a miles de metros de profundidad es tan fácil, dice el candidato de Morena, como hacer un pozo para sacar agua) acabar con la reforma energética. Tampoco será posible sin colocar a México, y no es exageración, en una situación similar a la que puso Chávez a Venezuela cuando comenzó con expropiaciones y nacionalizaciones. Porque más allá de sus declaraciones de que no tomará esas medidas, si López Obrador anula la reforma energética en los hechos expropiará y nacionalizará a las empresas que ya están trabajando con inversiones millonarias en el sector. La participación de Pemex es cada vez más acotada y va asociada a socios privados en todos los proyectos estratégicos. Anular esos contratos es una forma de expropiación.

Tiene razón el presidente Peña cuando dijo que no se puede jugar con la energía. Se equivoca López Obrador cuando dice que si Peña opina se está metiendo en la elección. La reforma energética junto con la educativa, las dos reformas que López Obrador quiere echar para atrás, son los dos legados más importantes de la administración Peña. Esas dos reformas (y en términos de infraestructura, la construcción del aeropuerto) son su legado, medidas sin duda acertadas y que van en la dirección que requiere el país, más allá de las simpatías que se tengan sobre la labor presidencia. Tiene todo el derecho del mundo de defender su gestión, como cualquier otro presidente en el mundo.

Lo que no quiere López Obrador es aceptar con todas sus letras, aunque lo deja trascender constantemente y lo dice su gente, que lo que él quiere es anular esas dos reformas, comenzando por la energética.

¿Podría hacerlo de llegar a la presidencia? Muchos aseguran que no. Que se trata de reformas constitucionales que tendrían que pasar por el congreso, lograr dos terceras partes de los votos y luego ir a los congresos estatales antes de convertirse en realidad. Pero olvidan que López Obrador no parece dispuesto a gobernar apoyándose en esas instituciones. Se apoyará, la ha dicho una y otra vez en “el pueblo”. Y este mismo fin de semana, ha mostrado cómo lo hará: cada dos años, dice, convocará a un referéndum para que la gente juzgue su mandato, y si lo reprueban se va. También ha dicho que él no va a anular la reforma energética, que lo que va a hacer es a convocar a un referéndum para ver si se mantiene o no la reforma. En otros temas su propuesta es la misma, hacer una consulta directa para saber si se toma un rumbo o el otro. Eso es lo que entiende como gobernar con el pueblo. Y eso es lo que se hace cuando se quieren anular las instituciones de gobierno. Si López Obrador fuera un demócrata, no necesitaría convocar a un referéndum revocatorio cada dos años: en el país hay elecciones legislativas cada tres años: ahí con esos instrumentos la sociedad lo apoyaría o no, y en las elecciones se redistribuye el poder. Si quiere cambiar la reforma energética, que siga el camino legislativo, no necesita ningún referéndum.

Pero ese es el sentido de soltar el tigre: sirve para las elecciones y sirve para gobernar: sirve para hacer política ignorando las instituciones.

Lo cierto es que López Obrador está mostrando cuál es su modelo de país. No necesita un aeropuerto internacional, porque no tendrá un gobierno abierto. El nuevo aeropuerto convertido en un gran hub tiene sentido como centro de negocios y de comunicaciones en un país globalizado y comerciando con el resto del mundo. Si esa obra y esa idea es considerada algo faraónico según López, el problema no es la obra, si no la concepción sobre la que se basa.

En energía sucede lo mismo. No quiere meter a México en el mercado global de la energía, mucho menos tener un mercado energético común en América del Norte. No quiere los actuales lazos, que más allá de Trump, se están construyendo desde hace años para conectar las necesidades energéticas de los tres países en petróleo, gas, gasolinas y los otros derivados. Por eso piensa en el proyecto, ese sí faraónico, de construir seis destilerías (cuando nadie las necesita) y de regresar a Pemex las tareas de explorar y explotar aunque sea más complejo, más caro y no lo pueda hacer sola.

El aeropuerto, la energía, la marcha atrás en la reforma educativa, lo que le insinuó a los banqueros de como los obligaría a usar los recursos de las Afores para sus proyectos incluyendo un sistema obligatorio de préstamos a los pobres que parece un simple sistema generalizado de aportes asistenciales, lo que muestran es un país mucho más parecido a Venezuela de lo que se cree. Si quieren un país mucho más parecido no tanto al de Nestor Kirchner en Argentina, sino al que construyó (es un decir) su esposa Cristina, luego de la muerte de Néstor en Argentina.

López Obrador no ha cambiado, ha tratado de disimular mejor sus propuestas. En la medida en que avanza la campaña eso se le hace cada día más difícil.

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