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Opinión

Divorcio en Buda. Lectura para jueces, y para los que no lo son

Por: Enrique Inzunza Cázarez

Divorcio en Buda. Lectura para jueces, y para los que no lo son. Foto ilustrativa: nickbar_pixabay

Divorcio en Buda. Lectura para jueces, y para los que no lo son. Foto ilustrativa: nickbar_pixabay

Desde las primeras líneas de Divorcio en Buda, del húngaro Sándor Márai, nos queda claro que estamos en manos de un escritor fascinante, capaz de recrear, hasta en sus más sutiles detalles, las circunstancias físicas y sicológicas de sus personajes.

En la persona de Kristóf Kömives, un juez de lo familiar, Márai nos revela las complejidades del acto de juzgar a otros, asunto nada sencillo que no se puede ejercer si no se posee un sentido inquebrantable del deber y una conciencia que no se permite adormecer.

El juez Kömives pertenece a un linaje de magistrados; creció y vive en el seno de una familia burguesa, modesta pero elegante; de carácter sosegado y sereno, asume reservada pero convencidamente la fe cristiana. Lamenta la incertidumbre y deplora la polución de inmoralidad que se dejan sentir cada vez con mayor fuerza en la sociedad europea de entreguerras. Diríamos que su talante propende a ser lo que hoy llamaríamos el de un “juez conservador”, dicho sin sentido peyorativo, solamente para poder atisbar mejor la forma en que comprende su entorno, su mundo. Cree en la justicia y en la fuerza de sus formas. La sabe esencial para mantener el orden y la paz de la vida.

Es propio de la naturaleza humana los momentos de duda, y aun de desánimo. Muchos jueces suelen percibir que el suyo es un trabajo de Sísifo; un asunto se sucede a otro en una secuencia interminable que carcome la voluntad de los menos comprometidos; algo que exige la máxima aplicación y celo, al cabo de unos años se transforma en rutina. Quien no comprende la altura de la responsabilidad, quien no se estremece cada día con el “terrible poder” que implica juzgar a los demás termina convertido en un mero gestor de expedientes que carecen de nombres y de rostros. “¡Qué profesión!”, se decía en ocasiones (el juez Kömives), preso de un terrible cansancio. Sin embargo, levantaba la cabeza de inmediato para repetir con orgullo: ¡Sí, que profesión! ¡Qué profesión tan difícil, sublime y sobrehumana, y al mismo tiempo tan digna del ser humano!”.

Márai describe en Kömives el decoro y la honorabilidad, prendas esenciales de todo juez: “Tenía fama de ser una persona muy creyente que respetaba los imperativos morales también en la vida privada, y a menudo le daba la sensación de que en efecto lo era, de que su vida privada se aproximaba al ideal que la gente se hace de los jueces: vivía en una pobreza modesta y sin ostentaciones, jamás desatendía sus obligaciones familiares y laborales, evitaba los laberintos de la política cotidiana, sólo se relacionaba con gente de su condición, y su vida podía ser examinada por cualquier autoridad en cualquier instante...”

El autor logra captar con profunda intuición el punto medular en torno al cual gravita el acto de juzgar, el nudo gordiano que ha de desatar el juez en cada caso: discernir la verdad y valorarla en justicia. Los conceptos y teorías tan claramente delimitados en los manuales de derecho, los exactos contornos de cada precepto legal, todo se torna difuso a la hora de enfrentarlos con la materia viva que aporta la realidad de cada caso singular e irrepetible. Felices fiestas. Tengan salud

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