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Opinión

Gobernar con los clásicos (II)

Por: Enrique Inzunza Cázarez

Sería útil también publicar una “Biblioteca de Gobierno”. Foto ilustrativa Pixnio

Sería útil también publicar una “Biblioteca de Gobierno”. Foto ilustrativa Pixnio

La presente entrega es tinta de la publicada el lunes anterior. Quien traba trato y familiaridad con los clásicos no sólo puede recabar momentos de solaz y consejo, sino algo que podría definir como sentido de humanidad, es decir, conciencia del lugar que la vida (minúscula y grande a la vez) de uno mismo tiene en el concierto del mundo, en el que muchos han bregado antes.

Nos muestran la pequeñez y la circunstancia de solios y sillas curules, que la veleidosa fortuna alza y derriba según sus humores. Algo de todo punto útil y necesario, más aún si se tienen encomendadas responsabilidades altas y delicadas. En esa medida, también así lo creo, se logra adquirir cierta capacidad para saber atisbar lo que será grande y duradero de lo que se mostrará efímero y ocasional.

Muchos hay también que son tratados de conducción pública, que advierten de los peligros que acechan a cada paso a quien ejerce el mando: unos que provienen de sí mismo y otros de la plaga de aduladores y convenencieros de toda laya, que desde siempre ha sido fauna de acompañamiento de los poderosos… mientras lo sean. Intuyo que sería un ejercicio extraordinario y de gran provecho para la República abrir una cátedra permanente sobre lecturas de clásicos para dirigentes. Pienso que sería útil también publicar una “Biblioteca de Gobierno”, formada por textos griegos, latinos y renacentistas, principalmente. Muchos descubrirían con grande beneficio que Platón, Herodoto, Sófocles, Séneca, y muchos otros, no son solamente nombres de calles de Polanco. No dudo que haya quien objete que esas cosas sólo sirven para tertulias de sobremesa, y que el ejercicio práctico y real del poder no se aviene con literaturas.

Por cierto que con la lectura de los clásicos mejorarían su nivel y dejarían de ser así los chismorreos que son ahora la mayoría de las veces. Eso por sí solo ya sería un logro nada despreciable. Pero además habría que responder que muchos de los autores clásicos fueron ellos mismos hombres de poder, y no cantaron precisamente versos amorosos ni escarceos juveniles.En la tragedia de Tiestes, Séneca, el preceptor y ministro de Nerón, da forma a un diálogo entre el crudelísimo y nefando rey Atreo y un cortesano, donde se muestra el rostro terrible del poder y el síndrome de desmesura (hybris) que aqueja a quien lo detenta en dosis concentradas. “Cortesano: ¿No te amedrenta nada la opinión del pueblo?

Atreo: El más preciado privilegio del reinar es este: que al pueblo se le obligue así a soportar como a alabar los actos de su dueño.

Cortesano: Aquellos a quienes el miedo obliga a ser lisonjeros, este mismo miedo los vuelve enemigos. Más quien ambicionarela gloria del favor popular sincero, querrá ser alabado más por el corazón que por la boca.

Atreo: La alabanza sincera obtiénela hartas veces el varón humilde; el poderoso no consigue más que la falsa.

Cortesano: Quiera el rey cosas honestas, y todos sus vasallos las querrán a una.

Atreo: Cuando quien señorea sólo se permite cosas honestas, muy adelgazado tiene el señorío.

Cortesano: Donde no hay comedimiento ni afán de justicia, ni santidad, ni piedad, ni lealtad, se tambalea todo trono.

Atreo: Santidad, piedad, lealtad, son bienes privados: vayan los reyes donde les pluguiere”. 

Si no me equivoco, aquí se halla planteada, in nuce, la cuestión maquiaveliana de la moralidad y el poder, siglos antes de quenaciera el secretario Florentino. ¿De veras se trata de un asunto apropiado sólo para después de los postres? Tengan salud.

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