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Opinión

Ciudadanía y democracia

Por: Enrique Inzunza Cázarez

La ciudadanía es uno de los elementos básicos para la construcción de una democracia auténtica. Esta idea de redondez y simplicidad palmaria ha sido postulada por el pensamiento liberal de todos los tiempos, de Rousseau a John Stuart Mill, hasta filósofos contemporáneos como la norteamericana Martha C. Nussbaum y el destacado pensador y activista de izquierda Paolo Flores d’Archais.

Este último, ha escrito un texto de lectura imprescindible, recientemente traducido al español y que circula bajo el sello de la magnífica editorial española Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, titulado enfáticamente ¡Democracia! Paolo Flores d’Archais hace una cruda y certeza crítica del carácter cada vez más autorreferencial de los partidos políticos, cuyas decisiones se concentran en unas pocas manos de políticos profesionales que colonizan la esfera pública. Describe las democracias actuales como privatizadas, bajo el control de una clase política aislada de la sociedad y de un poder económico que sólo busca la consolidación legal de sus privilegios. Democracias nominales que postulan teóricamente principios que desmienten flagrantemente en la práctica.

Es cierto, como nos recuerda el autor, que bien entendida la democracia es un ideal. Pero mientras no se evapore en flatus vocis, en puro aire soplado, el ideal deberá al menor funcionar como criterio con el cual juzgar las concretas organizaciones políticas y su grado de aproximación al modelo. Un ideal exigente, que presupone una ciudadanía activa y leal a los valores que sustentan la vida democrática. Cuando el ideal se aleja demasiado, cuando la práctica discurre en el sentido opuesto a los fines a que debe propender y la desnudez del rey pasa desapercibida para todos, el rumbo se ha extraviado y es necesario reparar la brújula. Volver a la coherencia. No hay que ser ingenuos: en muchas de las falencias de la vida política es posible reconocer el reflejo de nuestras deficiencias como ciudadanía.

Es que la política no es un espacio autónomo, es una expresión de nuestra cultura. Cuando se le anatematiza, estamos dictaminando acerca del estado de salud de nuestros propios códigos y prácticas. Si queremos un estado de cosas distinto, hay que hacernos cargo también de esta constatación.

No nos hagamos ilusiones: no hay democracia sin demócratas, ni la hay si no existe un ethos cívico que vigile y evite que sus promesas sean solamente de falsía y oropel. En un punto que me parece de la mayor trascendencia, se observa que el discurso de los derechos, esencial a la democracia, se ha transformado en un discurso gerencial de eficiencia y resultados.

Es la propuesta de oro de la política de todos los colores. En la medida que mejore la economía, se dice, se podrán atender problemas como la pobreza extrema en la que viven millones de personas en el mundo. Por supuesto, es distinto plantear que la pobreza es un problema de falta de recursos económicos, a señalar que se trata de un problema de falta de igualdad, es decir, de un asunto de derechos. La exigencia de los derechos es una condición básica de una democracia vigorosa. Para ello, es precisa una ciudadanía que, a pesar del desencanto, supere la apatía y se exprese en un inconformismo cívico e intransigente que defienda sus principios básicos de libertad e igualdad.

En esta nota:
  • Enrique Inzunza Cázares
  • John Stuart Mill