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Opinión

La ciencia de la legislación

Por: Enrique Inzunza Cázarez

El Código Penal se ha convertido en una especie de factótum. Foto ilustrativa Pixabay

El Código Penal se ha convertido en una especie de factótum. Foto ilustrativa Pixabay

Gaetano Filangieri fue uno de los más grandes pensadores de la Ilustración. Su nombre, que evoca sonoridades musicales, tal vez resulta menos conocido que el de su compatriota Cesare Beccaria y que el de los franceses Voltaire y Montesquieu. Pero su obra, La ciencia de la legislación, escrita en prosa sobria y sosegada y no con la pluma incendiaria propia de los escritores panfletistas, es un referente ineludible del pensamiento jurídico y político liberal.

Era jurista y no filósofo; y no pretendía insuflar los ánimos sino escribir un manual que sirviera como guía para la formulación de las leyes. Junto con los Tratados de Legislación Civil y Penal de Jeremías Bentham, constituye uno de los más importantes textos sobre nomografía de todos los tiempos. Al legista de estas horas no perjudica y sí aprovecha en mucho frecuentar sus páginas. No sería de poca utilidad si en los parlamentos del mundo se examinara a sus integrantes en el conocimiento de los principios básicos de esta función grave y delicada, y se les instruyera previamente, a manera de curso de habilitación, sobre el saber ilustrado.

Cabría recordar con Luigi Ferrajoli que los derechos humanos, el constitucionalismo, la democracia política, el gobierno representativo, el cosmopolitismo e incluso la solidaridad, cuyo precedente bien puede rastrarse en la venerable filantropía, se forjaron todos en el pensamiento de Las Luces. La asignatura no puede estar más justificada. En los últimos años, se asiste - entre nosotros y en todo el mundo- a un acrecentamiento del sistema punitivo.

El Código Penal se ha convertido en una especie de factótum que interviene prácticamente en todo los ámbitos de la vida. A la menor provocación se acude a la tipificación penal, a la que se le concibe como medida taumatúrgica capaz de exorcizar per se todos los problemas sociales. Esto ha dado lugar a una auténtica “inflación penal”. Por cierto, la expansión punitiva no sólo se manifiesta en la creciente aparición de nuevos tipos delictivos, sino –y esto es especialmente riesgoso- en la vaga descripción de los contornos de lo que está prohibido y lo que no lo está, al punto de comprometer la elemental certeza que exige el derecho a la legalidad de todos los ciudadanos.

Cuando las fronteras de lo lícito y lo ilícito no están bien definidas, nadie sabe a qué atenerse. Filangieri señalaba que es menester atisbar y encontrar un punto donde la ley penal debe detenerse para no sacrificar la libertad: ahí donde se dé al inocente la mayor confianza de no ser condenado y al delincuente la menor esperanza de permanecer impune. Es cierto que encontrar ese punto no resulta asunto sencillo, y que no es el mismo en todo tiempo y en todo lugar. Por eso la tarea de legislar es delicada, y no se condice con la improvisación ni con el coyunturalismo. La legislación penal debe ser un instrumento eficaz y viable para castigar los delitos sin disminuir y menoscabar las libertades ciudadanas. No es útil el remedio que nos ofrece recuperar la salud al precio de quitarnos la vida.

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