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Opinión

Marañón y la pasión por mandar

Por: Enrique Inzunza Cázarez

Gregorio Marañon, el médico y humanista español, fue un eminente científico. Foto ilustrativa PxHere

Gregorio Marañon, el médico y humanista español, fue un eminente científico. Foto ilustrativa PxHere

Gregorio Marañon, el médico y humanista español, fue un eminente científico y un escritor de biografías excelsas, que en nada les va a la zaga a los epónimos del género como Stefan Zweig o Emil Ludwig. Endocrinólogo de especialidad, en su ejercicio profesional se ocupó de estudiar y curar patologías del cuerpo humano, mientras que en su faceta de historiador y literato describió humores y tumores que ocasiona a los hombres el ejercicio del mando.

En la biografía de don Gaspar de Guzmán y Pimentel, Ribera y Velasco y de Tovar, Conde- Duque de Olivares, el poderoso valido del rey Felipe IV, establece su célebre distinción morfológica de los hombres poseídos por la pasión por mandar: el pícnico y el asténico. Dos espíritus, dos temperamentos, dos personalidades frente al poder. El primero, físicamente con tendencia a la corpulencia y a la obesidad, es de talante simpático, gestual y optimista (Churchill sería, quizá, el mejor ejemplo histórico de este arquetipo); el segundo, reservado, grave y circunspecto.

Marañon nos propone con ejemplo de esta especie al impenetrable Tiberio, de quien también escribió una biografía excepcional, en la cual analiza la personalidad del resentido. Por mi parte, no encuentro mejor descripción de un jefe asténico que la que de Casio hace Shakespeare en su Julio César (Acto primero, escena II): “Ese Casio tiene aire macilento y hambriento: piensa demasiado. Hombres así son peligrosos. Lee mucho, es un gran observador, y penetra muy bien las acciones de los hombres […]Los hombres como él nunca tienen el ánimo en paz mientras observan a alguno mayor que ellos mismos”.

Marañón atisba en la biografía del Conde-Duque de Olivares los ciclos del poder personal, algo que todos los mandamases han de saber. Habla el gran médico y yo sintetizo: “Todo gobernante absoluto, llámese dictador, tirano o valido, pasa, casi sin excepción, por tres fases de su mandato. Una primera en la que el nuevo jefe carece aún de fuerza propia y organizada, pero se la da el pueblo, que acoge siempre toda novedad política con alegría y con esperanza […] En la segunda fase, la opinión empieza a ser hostil al jefe, porque este ha de mandar con violencias; y la violencia fatiga pronto a la multitud”. (No resisto intercalar aquí a Séneca, que en el Tiestes apunta: “Quien empuña el cetro con dureza cruel, teme a los que le temen”). Se incuba ya la tercera fase: “Según los casos, dura más o menos el tiempo de equilibrio entre las dos fuerzas contrarias.

Depende de factores generales y personales tan numerosos e imprevistos, que es difícil intentar su sistematización. Pero inevitablemente llega el día en que dominan las tendencias adversas…. Lo probable es que, habituado al imperio, nadie se lo note; desde fuera parece más fuerte que nunca; y él mismo, embriagado del veneno del mando, puede no darse cuenta que se están rompiendolos resortes de su magia personal […] Y cuando esas fuerzas adversas, de fuera y de dentro, adquieren una tensión superior a las fuerzas de resistencia, un día, al parecer como los otros, el periodo final del ciclo se cumple y el gran tinglado del poder, que parecía eterno, cae estrepitosamente”. Como colofón, recojo de la magnífica prosa de Marañón algunos destilados de la biografía de Olivares: “Los hombres inteligentes hacen uso de sus defectos como de sus virtudes”. “Los hombres que tienen fama y procedimientos de astutos suelen ser, por lo común, muy crédulos”. Y cierro: “En los libros de Historia encuentran los hombres enseñanza y consuelo especiales en las horas de tribulación o en las que lo parece”. Tengan salud.

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  • Gregorio Marañon
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