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Opinión

Derechos y sufrimiento

Por: Enrique Inzunza Cázarez

De todas las visiones de los derechos, hay una sugerida por el jurista italiano Luigi Ferrajoli que me parece persuasiva, poderosa y atrayente: los derechos tienen como propósito disminuir el dolor humano. El acceso a la justicia, la legalidad penal y el debido proceso, por ejemplo, buscan racionalizar y contener la respuesta al delito, que si se dejara librada a la venganza privada y a la justicia por propia mano se convertiría en una espiral interminable de nuevas violencias y agravios, en una ola imparable de sangre.

Esta misma lectura cabe hacerla también de los derechos sociales, como la alimentación, a la salud, a tener un techo y a recibir educación. ¿O hay acaso fuente mayor de sufrimiento que la miseria en la que viven millones de personas, en nuestro país y fuera de él? Aquí recuerdo las palabras que ‘Marmeladov’ dirige a ‘Raskolnikov’ en la novela Crimen y castigo de Dostoievski: “La miseria, señor mío, la miseria… esa sí es un pecado. En la pobreza conserva usted todavía la nobleza de sus sentimientos innatos; en la miseria, ni hay ni ha habido nunca nadie que los conserve.

Al hombre en la miseria le echan poco menos que con un palo; con la escoba le echan de la compañía de sus semejantes, para que aún resulte mayor la afrenta y con justicia, porque en la miseria, yo soy el primero que está dispuesto a agraviarme a mí mismo”. El sufrimiento derivado de la precariedad es compañero de viaje de la humanidad, pero hay dolores que el derecho no debe provocar y otros que no debe ignorar. El paradigma de un estado democrático de derecho implica la construcción de un sistema dotado de medios que garanticen para todos la tutela de lo que hay más básico, de condiciones mínimas por debajo de las cuales no hay dignidad ni vida.

En uno de los momentos más altos y terribles de la historia, Maximilien Robespierre (un nombre que ha llegado hasta nosotros, no sin injusticia, como sinónimo sin más de la locura y el terror de la guillotina) pronuncia su discurso sobre la subsistencia, donde postula un principio que sigue en el centro del corazón del estado democrático. Cito: “¿Cuál es el primer objetivo de la sociedad? ¿Es satisfacer los derechos imprescriptibles de la persona? ¿Cuál es el primero de esos derechos? El subsistir”. (Nota obligatoria: El problema con Robespierre, igual que el de Michael Kolhaas de la novela homónima de Heinrich von Kleist, fue el “exceso de virtud”.

Todo ello nos recuerda con Weber que en política al bien no siempre sigue el bien, y que los intransigentes y radicales de todo tipo suelen producir catástrofes). Parece claro que las consecuencias de teoría económica del postulado de Robespierre, que relativizaba el derecho a la propiedad ahí donde hubiera necesidades básicas que cubrir, son más que discutibles, pero no así la razón que sigue tan válida hoy como entonces. El primero e ineludible de los deberes éticos y políticos de un Estado es asegurar, más allá de la insaciable seguridad ‘hobbesiana’ en la que se invierten recursos fabulosos, que las personas coman y duerman bajo un techo; que los niños no mueran por falta de atención sanitaria elemental y que no les niegue la posibilidad de aprender. Sin esto, lo demás es una frivolidad.

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