Opinión

Mujeres en política: la barbarie del retiro anticipado

Por: Luis Enrique Ramírez

Beatriz Paredes Rangel .Foto Facebook

Beatriz Paredes Rangel .Foto Facebook

El mundo de la política es una jungla para cualquiera, pero sobre todo (para no variar ni perder la costumbre) lo es a escala feroz para las mujeres: a ellas no se les perdona la derrota, pero además tampoco les está prohibido vestir mal, subir de peso y, sobre todo, envejecer. El natural proceso de acumular años, lejos de significar experiencia como en el caso de los hombres, implica una condena de retiro forzoso. 

A las mujeres, en política, las «jubilan» antes que a los señores, y ejemplos sobran. Omitimos nombres para no poner a nadie en el radar, pero sería importante que dejemos de juzgarlas cuando se tiñan el pelo o usen bótox porque, en su caso, se trata de un elemental recurso de sobrevivencia.

Nadie hizo mayor ruido por la aparición en las listas de representación proporcional del PRI, por ejemplo, de Augusto Gómez Villanueva (88 años de edad) o de Carlos Aceves del Olmo (77). 

En cambio, escandalizó la «resurrección» política en las «pluris» de Dulce María Sauri Riancho (para diputada federal) y de Beatriz Paredes Rangel (para senadora), al igual que ocurrió con la inclusión de Ifigenia Martínez en la lista de Morena para la Cámara Alta.

A doña Ifigenia, recordemos, el PRD incluso tuvo la falta de respeto de expulsarla el año pasado, pese a ser una de sus principales fundadoras.

En el caso de las priistas Sauri y Paredes, ambas exgobernadoras de sus estados (Yucatán y Tlaxcala, respectivamente), desaparecieron del mapa tras perder elecciones como presidentas del CEN del PRI: Dulce María la del 2000 por la presidencia; y Beatriz la del 2010, donde alianzas opositoras les ganaron Sinaloa, Oaxaca y Puebla. En cambio, y solo por citar un caso, Manlio Fabio Beltrones sigue tan campante tras perder siete gubernaturas en 2016, con el poder suficiente para imponer a su hija Silvana como candidata de Sonora al Senado de la República.

Sinaloa no es la excepción en cuanto a esta forma de violencia política de género. El futuro político de Martha Tamayo, por ejemplo, luce desolador por el «pecado capital» de ser diputada federal «pluri», lo cual le impidió ser tomada en cuenta para la lista del Senado y, de antemano, la deja fuera de toda posibilidad de integrarse a la lista de diputados locales. La prohibición de pasar de una cámara a otra por la vía de la representación proporcional incluye también a los congresos estatales. 

Méritos legislativos son lo que le sobran a Tamayo, pues, para empezar, fue quien articuló legalmente todas las reformas estructurales del presente sexenio federal, lo mismo como vicecoordinadora jurídica del PRI en la Cámara que como encargada de la parte legal del Consejo Rector del Pacto por México.

Como se ve, la igualdad de género en política no acaba con el 50-50 en las candidaturas. Un profundo tema de usos y costumbres nos queda, en la práctica, como asignatura pendiente. 

LOS MARIACHIS CALLARON. A Andrés Manuel López Obrador se le revirtió el apoyo del filósofo Noam Chomsky (tan ampulosamente divulgado por sus adeptos), apenas se les recordó que en 2009 el mismo intelectual fue un convencido impulsor de Hugo Chávez en Venezuela.

Ayer les ocurrió lo mismo con las declaraciones de Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, quien durante un panegírico del candidato de Morena dijo que AMLO se asemeja al expresidente brasileño Luiz Inácio «Lula» da Silva, «que en un inicio fue retratado como un hombre que asustaba y era un radical, pero al final fue un buen gobernante».

Primero, los «pejistas» le dieron vuelo a la nota, y luego pararon de súbito, tras acordarse de que Lula fue condenado, apenas en enero, a doce años de cárcel por corrupción y lavado de dinero. 

A ambas celebridades estadounidenses bien pudiera decirles ahora el Peje, muy a la mexicana: «No me defiendas, compadre». Y a sus huestes: «Calladitos se ven más bonitos».

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