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Policíaca

Entre llanto y suspiros, despiden a Susana, la gerente fallecida en el derrumbe de la zapatería en Culiacán

Susana, la gerente que murió entre los escombros del derrumbe del techo de una zapatería en Culiacán, fue despedida en una capilla ardiente el día de su funeral.

Por Martín González

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Sinaloa.- Cheli se mantiene serena. El caos del lunes 13 ya le es ajeno. Enclaustrado su cuerpo en el rosa de su ataúd, la aísla del llanto de su madre. Así se vivió el funeral de Susana, la joven fallecida en el derrumbe del techo de la zapatería en el centro de Culiacán. 

El llanto de Ramona es el único sonido que se escucha en la sala. La madre se mece los cabellos y trata en vano de contener el dique de sus ojos con el paño. Tres coronas y un silencio espeso crean la atmósfera de duelo.

Susana Araceli se exhibe en capilla ardiente ante sus dolientes. La octava de doce hermanos concentra los recuerdos. “Pensamos que fue algo muy injusto... de no creerse”, dice Dora Alicia, la más apegada de sus hermanas.

En la sala Jerusalén, la luz es tenue. Los asientos, repletos de dolientes. El imperceptible olor a muerte de las rosas adereza el ambiente aséptico de la funeraria. La serenidad de Cheli es ajena al dolor en su ataúd color de rosa.

Originaria de San Javier, Badiraguato, Susana Araceli, con sus estudios básicos y su habilidad para el manejo de las redes sociales, coronó su vida laboral con la gerencia de la zapatería, donde murió como capitana de barco.

Fotos. A un día de la muerte de Susana, así luce el techo desplomado en zapatería de Culiacán, Sinaloa

“Ella tenía mucha cabeza para eso...”, comenta Isela, una más de sus hermanas. Juan Diego, su hijo próximo a los 12 años, merodea por la sala. Observa un momento a Dora Alicia e Isela, a Bertha y a José, sus tíos maternos, pero vuelve a los brazos de Juan Diego, su padre.

Frente al ataúd, Ramona sucumbe ante lo inexorable de la muerte y descansa su barbilla en el pecho con suspiros tiernos. “Tanto que te cuidé aunque estuvieras lejos...”, susurra.

Cheli observa desde su muerte un ambiente escueto, ajena al dolor. Ajena a la omisión y al caos de la caída de su mundo en la zapatería en su lunes 13.

Ajena a las esperanzas vivas de Dora Alicia frente a la cinta que la separaba de su muerte en la zapatería donde se luchaba por la vida en el corazón de Culiacán. “...esperanza de que estuviera bien... que estuviera viva”, suspira Dora Alicia.

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Juan Diego hijo se acurruca en el regazo de su padre, Juan Diego. El padre lo cobija con su brazo mientras su mirada se mantiene absorta, lejana. La pareja de Cheli se abstiene del comentario y se ensimisma. “No estoy en condiciones...”, dice.

Las hermanas van y vienen por la sala. Se comunican con el hermano ausente de los funerales de la octava de los hermanos. La más alegre de una prole numerosa. Susana Araceli, la capaz. La que ascendió a una gerencia con sus estudios básicos, pero experta en tecnologías de la comunicación.

Dora Alicia aspira la vida a través de un cubrebocas que oculta su rostro, pero no sus sentimientos. Observa en retrospectiva y exhala el recuerdo en una bocanada.

“Difícilmente se daba cuenta uno que traía un problema, a menos que ella lo dijera”, expresa.
Cheli se mantiene impasible en el rosa de su ataúd. Ajena a la madre que se muere junto con ella en cada lágrima. Ajena a Juan Diego, su pareja, que permanece absorto en la soledad de la muerte.

Y ajena a los deseos de Dora Alicia e Isela frente a su zapatería en escombros, con el techo caído y sus sueños hechos añicos. Ajena a sus esperanzas de que estuviera viva.
La Cheli estaba más ausente de la vida enclaustrada en su ataúd de color de rosa que los deseos de los suyos...

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Duelo

Susana Araceli murió el lunes en el derrumbe del techo de la zapatería donde era gerente; con su muerte, su hijo Juan Diego, de 11 años, quedó en la orfandad materna, y en duelo a su madre y hermanos.

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