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La increíble razón por la que amamos llevar la contraria

Las personas rechazan sus propios argumentos si se los presentas después diciendo que son de otra persona 

Amamos llevar la contraria, lo hacemos muchas veces. Y nos gusta tanto que que somo capaces de llevarnos la contraria a nosotros mismos sin darnos cuenta.

Así lo explica un estudio publicado en Cognitive Science, según los informes las personas rechazaremos nuestros propios argumentos un 60% de las veces si nos los presentan un poco más tarde diciendo que son de otra persona.

Es un fenómeno llamado por los expertos e investigadores como “pereza selectiva”, ya que expone que tendemos a revisar con mayor esfuerzo los argumentos de personas con las que estamos en desacuerdo que los nuestros propios.

Donald Trump discuetiendo. Foto: AFP 

Seguro se te vinieron muchos episodios a la mente y esto te suene muy familiar

El estudio, liderado por el psicólogo y científico cognitivo Emmanuel Trouche, contó con la ayuda de 237 voluntarios (100 mujeres y 137 hombres) que habían sido reclutados a través de la web de Amazon Mechanical Turk.

Los sujetos participaron en un par de experimentos que implicaban, en primer lugar, resolver unos acertijos de lógica (silogismos entimemáticos) y razonar su respuesta con argumentos.

A continuación, los voluntarios tuvieron que evaluar una serie de respuestas a los mismos ejercicios y los argumentos que respaldaban esas nuevas respuestas. Se les dijo que eran las respuestas de un participante anterior.

También se les recordó la respuesta que habían dado ellos para cada uno de los silogismos, y se les explicó que podían cambiar esa respuesta a la luz de los nuevos argumentos.

El entorno también relaciona con la opción de llevar la contraria. Foto: Flickr

El truco detrás de esto

El truco estaba en que, para uno de los silogismos, esto no era verdad. La respuesta que tenían que evaluar era la que ellos mismos habían dado en el ejercicio anterior.

Para hacerlo más creíble, se les dijo que habían dado una respuesta diferente a la que realmente dieron. Bien la respuesta válida (si habían respondido de forma incorrecta) o bien la respuesta inválida más común (si habían respondido de forma correcta).

Los voluntarios fueron inducidos a creer que su propio argumento era de otra persona.

Claro que el engaño no funcionó con muchos de ellos: la mitad se dio cuenta del truco, y sus respuestas tuvieron que ser excluidas de los resultados.

¿Qué ocurrió?

Casi el 60% de las veces, los voluntarios que sí fueron engañados rechazaron su propio argumento y declararon que era incorrecto.

Esto ocurrió con mayor probabilidad cuando el participante había dado una respuesta errónea la primera vez que se había enfrentado al ejercicio.

Según este experimento, las personas no solo somos más críticas con nuestros propios argumentos cuando pensamos que son ajenos, sino que además somos más discriminatorias: es más probable que rechacemos nuestros propios argumentos en busca de respuestas inválidas que para respuestas válidas.

 

 

Los autores del estudio creen que esta “pereza selectiva” característica del ser humano es algo que podemos aprovechar en las discusiones: abrir una discusión con argumentos relativamente débiles puede ahorrarnos el problema de calcular cómo convencer a un público específico, puesto que serán los propios interlocutores quienes proporcionen contraargumentos más convincentes que nos ayudarán a refinar los nuestros propios.

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