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Una granada le destrozó la vida a Karla

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Por: Angelina Corral

Culiacán, Sin.- A tres años de que u na granada le despedazara la mitad de su rostro y la mantuviera al filo de la muerte, Karla Flores Quiroz asegura sentir como si fuera cayendo en un pozo sin fondo.

La pronunciada cicatriz de su mejilla que aún no sana, ocasionada por injertos y siete operaciones, así como los fuertes dolores de cabeza que padece a consecuencia del accidente, le impiden trabajar.

Por esta razón, las deudas la agobian y cada día enfrenta el peor de sus temores, al no saber si tendrá comida para sus tres hijos y dinero para mandarlos a la escuela.

Hay veces que en el refrigerador y la mesa de Karla no hay nada, entonces el coraje y la impotencia la invaden, reprochándose por haber estado en el momento y lugar equivocados. Luego reflexiona que nada hubiera podido hacer para evitar lo sucedido.

En este hogar, los 800 pesos que gana semanalmente el jefe de la familia no alcanza ni para lo más básico. Entonces Karla no ve otra opción que pedir prestado, pero esta situación ya se convirtió en una bola de nieve que amenaza con ahogarla.

En la sindicatura de Villa Juárez, donde vive, en esta época no hay nada en que trabajar, está 'muerto'.

Llamado. Esta joven mujer, víctima inocente de la violencia, pide a las autoridades que no la olviden, que recuerden que ahí está y que, junto a su familia, se está hundiendo en la más terrible de las pobrezas.

Solicita al Gobierno del Estado una pensión o plaza laboral, con la cual pueda sacar adelante a su familia.

Recuerda que sus hijos nada tienen que ver con lo que le pasó, pero son quienes han sufrido más tras su accidente, al carecer de todo.

"No sé a quién tengo que recurrir para solicitar una pensión, creo que me la merezco. En lo referente a lo médico, todo está perfecto, siempre me atienden muy bien y agradezco eso, pero la cuestión es que hay veces que no tengo nada que darle de comer a mis hijos y eso me duele", cmentó.

Resaltó que no desea verse abusiva, por eso pide al gobierno estatal una plaza laboral, con la cual se le garantice su futuro. Agradece el apoyo que le han brindado funcionarios como Juan Ernesto Millán Pietsch, pero asegura que ahora le solicitaría que le ayude a gestionar una pensión.

Tragedia. El sábado 6 de agosto de 2011 es una fecha que Karla jamás olvidará, y cada vez que la recuerda siente un dolor semejante a que si se le estuviera abriendo una herida en carne viva.

Fue ese día cuando, al encontrarse laborando en una carreta de mariscos ubicada cerca de El Trébol, sintió un fuerte impacto en el rostro.

Desde ese momento inició la lucha por salvar su vida y luego su rostro. Ahora dice enfrentar la guerra más importante de su vida: sacar adelante a sus hijos para que sean personas de bien.

Por ningún motivo desea que dejen la escuela porque eso, asegura, le partiría el alma.

En la actualidad siente coraje por lo que le pasó, pero no sabe ni a quién va dirigido ese sentimiento, simplemente hay veces que se siente perdida y le duele saber que jamás volverá a ser la mujer que era antes del accidente.

Aunque no era vanidosa, recuerda que antes de tener esa enorme cicatriz le gustaba andar maquillada, ahora eso no le llama la atención porque por más maquillaje que se ponga, al salir a la calle acaparará las miradas y no faltará la persona que le pregunte qué le pasó.

Hay veces que siente que algunas personas son demasiados crueles con ella, pues no se imaginan que un día les puede pasar lo que a ella le ocurrió.





Miedo. Pese a que a su rostro le faltan varias cirugías, Karla dice que lo más probable es que ya no se operará, por temor a perder la vida.

Cuenta que sus hijos ya se acostumbraron a su nuevo rostro y que el más pequeño le dice que sigue siendo muy linda. Esas palabras le dan el valor para vivir con su mejilla derecha invadida de una hinchazón y cicatriz.

Vida gris. La casa de Karla ya tiene piso y techo de concreto, lo cual le hace la vida más cómoda, pero aun con estas mejoras, su casa se ve gris por los envejecidos muebles.

Los sillones que utiliza ya cumplieron su vida útil, y en las mismas condiciones están una alacena y el comedor.

Pese a llegar a la hora de la comida, en este hogar no se preparaba nada. Al momento de la entrevista, el hijo menor sale y le pregunta si puede tomar algo del refrigerador. Karla le ordena esperar unos minutos y le asegura que hará comida. Ella pretende ocultar ante las visitas que no puede cocinar debido a que se le acabó el gas y no tiene para comprarlo.

Por si esto no fuera suficiente, tiene un adeudo de más de 4 mil pesos con la Junta de Agua Potable y Alcantarillado de Navolato (Japan), por lo que teme quedarse sin el servicio.

El recibo de luz también le llegó y no tiene con qué pagarlo.

Algo que le quita el sueño es que ya quedan pocos días para que sus hijos entren a la escuela, y no sabe cómo les comprará las mochilas, el calzado y los útiles que les hagan falta. Dos de sus vástagos ya van a la secundaria.

En el olvido. Este caso dio la vuelta al mundo en su momento. Medios nacionales e internacionales buscaron a Karla para contar su historia, pero luego la dejaron en el olvido.

El primero en olvidar su caso fue el gobierno de Navolato, que no reaccionó y la dejó a su suerte, relata con cierta nostalgia.

En un principio, recordó, en el DIF municipal le daban una despensa, pero tenía que gastar más al ir por ella, luego ya no hubo nada.

Karla asegura que ella es el vivo ejemplo de que en Sinaloa no hay apoyos suficiente para las víctimas de la violencia, quienes en un momento se quedan abandonadas a su suerte.

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