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El mundo perdido de un pastor de llamas en los Andes

En las afueras del pueblo de Santiago de Machaca, 140 kilómetros al suroeste de La Paz, se observan más llamas y alpacas que gente

Por  AP

Esta foto del 11 de diciembre del 2018 muestra a la pastora Genoveva Usnayo llevando a una manada de llamas a pastar, en las afueras de Santiago de Machaca, Bolivia. (AP Foto/Juan Karita)

Esta foto del 11 de diciembre del 2018 muestra a la pastora Genoveva Usnayo llevando a una manada de llamas a pastar, en las afueras de Santiago de Machaca, Bolivia. (AP Foto/Juan Karita)

SANTIAGO DE MACHACA, Bolivia (AP) — Vientos arrasadores, heladas nocturnas y un sol abrasador al mediodía hacen difícil la vida en el árido altiplano de los Andes bolivianos. Sin embargo, un animal dócil y de apariencia frágil señala el secreto de la supervivencia desde hace milenios en este paisaje hostil: la llama.

Altiva y grácil, la llama se pasea en manadas dispersas por estas pampas desde hace más de 4.000 años, cuando la domesticaron pueblos anteriores a los incas. En contraste, la figura del hombre que les rodea pareciera estar debilitándose y la profesión del pastor tradicional indígena apegado a costumbres ancestrales pudiera estar en extinción.

“Está despareciendo el llamero tradicional influenciado por la modernidad y los proyectos de desarrollo. Ahora se ve pastorear a ancianos y niños”, apunta la antropóloga y docente Carla Rodas.

Esta foto del 11 de diciembre del 2018 muestra a la pastora María Arce, acariciando a una llama en su pueblo, Vinto, en las afueras de Santiago de Machaca, Bolivia. Arce es la única de seis hijos que vive con sus padres. Sus hermanos mayores emigraron a ciudades grandes del país. (AP Foto/Juan Karita)

En las afueras del pueblo de Santiago de Machaca, 140 kilómetros al suroeste de La Paz, se observan más llamas y alpacas que gente. Los pastores envejecen; los jóvenes se han marchado.

El estiércol seco aviva el fuego en el fogón de barro de Genoveva Usnayo. Su marido, Genaro Arce, salió a las cinco de la mañana bajo un frío gélido a buscar ocho llamas extraviadas. Ella teme que algunos zorros o perros vagabundos hayan atacado.

Afuera el sol despunta y en el corral de adobe unas 200 hembras y sus crías se impacientan por salir a pastar, pero deben esperar a que el pastor regrese. Hay que reunirlas de nuevo a todas para que aprendan a cuidarse, dice Genaro, indígena aymara de piel curtida que bordea los 70 años.

Los machos pastan aparte, así no acosan a las hembras. Uno blanco, alto, de patas robustas, ha sido escogido para engendrar. “Los testículos valen, no vale el ejemplar”.

En la vasta planicie apenas brota el césped. El pastor lleva una radio portátil al hombro. Mientras arrea, escucha música y noticias en aymara para conectarse con la realidad desde sus soledades.

Gracias a la llama, los incas expandieron su imperio por lo que hoy es Bolivia, Perú, Ecuador, el sur de Colombia, el norte de Chile y Argentina hasta que llegaron los colonizadores españoles montados a caballo.

Adaptados a la altura y a los pastos pobres en nutrientes de la puna, los camélidos sudamericanos viven a lo largo de los Andes hasta la Patagonia entre 3.800 y 5.000 metros de altura. Su población se calcula en 7.5 millones y la mayor concentración de llamas está en Bolivia; la de alpaca y vicuña, en Perú.

Desde siempre, estos animales han proporcionado lana, carne, cuero y han sido un medio de transporte en estas tierras remotas hasta que aparecieron los camiones. En otros tiempos era común ver llameros y llamas caminando en caravanas llevando papa, sal, carne seca y quinua para hacer trueque en el valle y la costa.

Una vez al año, los pastores y sus familias trasquilan lana y venden en bruto. Es el vínculo con el mercado y la base de la economía familiar. La fibra de vicuña es la más fina. El dinero les permite sobrevivir, ya que la agricultura es pobre y escasa. Cultivan papa y quinua para al autoconsumo y cebada para el ganado.

Cuando sus menesteres de pastora le dejan tiempo, Genoveva hila y teje a mano para los suyos usando técnicas tradicionales. Su mano hábil pone a bailar una rueca rústica que dibuja círculos en la tierra como un trompo para alisar y estirar la fibra. Imposible competir con la lana sintética y barata que satura el mercado. La ropa que hacen la usan en celebraciones o como símbolo de autoridad.

María, la menor de sus hijas, es la única que vive con los ancianos. Otros cinco migraron a las ciudades. En los andes bolivianos es el común denominador: los hijos se van. Aquí se quedan los viejos y los niños para arrear ganado.

Esta foto del 11 de diciembre del 2018 muestra al pastor Genaro Arce cargando cebada seguido por una manada de llamas en su pueblo, Vinto, en las afueras de Santiago de Machaca, Bolivia. (AP Foto/Juan Karita)

“La vida de la ciudad es fea. Aquí caminas sin que nadie moleste. Es duro pero hay que afrontar. Sin ensuciarse la mano no se puede vivir. Los hijos no piensan así”, dice Genaro.

María lava la lana con plantas, pone a hervir en el fogón tintura extraída de arbustos nativos y tiñe con millo, una tierra mineral sacada de las montañas. “Esto no contamina, vuelve al suelo sin contaminar, no quema la mano como los químicos. Estamos yendo conforme la naturaleza”, dice.

Cientos de kilómetros al sur, Francisco Téllez, de 59 años, tiene una conexión especial con sus animales.

“La llama me entiende. ¡Fiu! Silbo y me reconoce. Me quiere porque pastamos en el mejor lugarcito. Aquí vas a comer, le digo, y come”.

“La llama se comunica con movimientos. Algunos le llevan a warakaso (golpe en aymara). Acá arreamos. Hay que hacer con cuidado y quiere a su dueño”, agrega este silbador.

En la historia de Bolivia, el valor de las llamas también ha sido simbólico. Desde sus ancestros, los indígenas hacen ofrendas y rituales a la Pachamama --la Madre Tierra-- para pedirle lluvias y buenas cosechas. Le ofrecen fetos de llama de abortos naturales y riegan la tierra con la sangre caliente de sus animales.

“El camélido es la ofrenda más valiosa que se puede dar a la Pachamama para pedirle favores a cambio”, dice la antropóloga Rodas. Sin embargo, agrega, la situación ha cambiado. “Antes la llama era considerada como persona. Era casi sagrada. Daba carne, lana, servía de transporte y enseñó al hombre andino a adaptarse a una tierra árida y fría. Los pastores actuales ven a la llama más como un producto comercial”.

Además, las nuevas generaciones parecieran tener otros intereses. El mismo presidente del país --Evo Morales-- fue pastor en su niñez, pero los tiempos son otros.

“A mi hijo no le gusta el pastoreo, prefiere ser chofer en la ciudad”, asegura Francisco.

También el cambio climático amenaza al llamero y a las llamas.

María Wurzinger, zootecnista e investigadora de la Universidad de Viena en Austria que estudió a los camélidos en Bolivia y Perú, dice: “las lluvias disminuyen, eso implica menos pasto. Llegará un momento en que no habrá más pasto y ya no se podrá criar llamas ni alpacas”.

“Esto se transformará en desierto. Con riego, es difícil sostener el pastoreo. Si las predicciones climáticas se cumplen muchos dejaran de criar animales”.

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